Deberías airearte un poco. Izarte estandarte cogida por los puños del mástil más alto. Dejar que el aire te penetre, que circule ávido por tus vasos sanguíneos. Y te limpie.
Has restregado tu cuerpo hasta no sentir la piel. Lo has sumergido en aceites y sales. En aromas y cremas. El olor no desaparece. Ni las huellas.
No soportas los espejos. Tampoco la condescendencia con que pronuncian tu nombre y te tocan el hombro. Deberías airearte un poco, dicen invitándote a pasar unos días en la montaña. Deberías airearte un poco, repiten por no saber qué decir. Aceptas el consejo. Abres la ventana. Saltas.