Mientras la impía lluvia borraba la rayuela, los cronopios campaban a sus anchas y el mundo giraba ochenta veces alrededor de un día. Los autonautas abandonaban la Autopista del sur. Desorientados, porque ya nadie les enseñaba cómo subir una escalera o cómo dar cuerda a los relojes. El tiempo se había detenido. Los parques discontinuos, las casas tomadas, se inundaban de diabólicas babas. La noche boca arriba anunciaba el final del juego. Julio había muerto.