Un día cualquiera desapareció. No se embarcó buscando otros puertos. No me dejó palabras de despedida que poder recordar. Ni notas, ni besos de película, ni siquiera un modesto abrazo. Solo desapareció. Una mañana al sentarme en la cama, me di cuenta de que ya no estaba. Fue una certeza tan concluyente que no necesité cerciorarme ni intentar recuperarlo.
Desde entonces, compartimos lo estrictamente necesario: las cenas, la colada, sacar a pasear al perro y hacer el amor, los sábados por la noche quince minutos antes de las nueve. Así tengo tiempo de ducharme antes de que empiecen las noticias.
