Si dijera que sentí dolor, mentiría. La erupción empezó por los brazos, pero pronto se extendió. Las palabras cubrían toda mi piel.  Las esdrújulas me pinchaban con sus acentos al emerger, y los monosílabos eran como pequeñas ronchas.  Que no pique, rogué. Pero ya había empleado mis tres deseos.

Lo de que me brotaran palabras era una metáfora, intenté explicarle al genio antes de empezar a rascarme sin control. Pero ya se había esfumado.

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