Y regresé al cielo. Y te busqué entre millones de rostros cetrinos que buscaban a su vez. Pero aquí no estás, o yo no supe encontrarte. Debí darte mis señas antes de que murieras. En cambio, me quedé mirándote. Debatiéndome entre la tristeza de verte agonizar y la alegría de saberte pronto a mi lado después de tanta espera. No conté con esto. Con tantísima gente aquí, coincidir es casi un milagro. Y los milagros, en el cielo, no existen.