Recluida en el pozo seco, pronto se callará. Es cuestión de no prestarle atención. Mirar para otro lado. Cuando aparece una imagen de niños con el vientre hinchado y los brazos de alambre, cambiar de canal. Acallarla, bajarle el volumen.
Mi conciencia ha de ser más rebelde que las convencionales, porque todas sus recomendaciones no han funcionado. Ha venido a despedirme con los brazos cruzados y el rostro serio. Que no me voy a la guerra, le he dicho. Casi, evitó contestar. Ahora, sobre las nubes que camuflan el relieve africano, me siento aliviada porque la conciencia no pesa. El miedo, sí. Y las ganas. Pero mucho menos.
