Como un bigote a lo antiguo, debajo de la nariz, pintó sendos remolinos en el cromo de Fili, el más buscado de la liga, el que tanto costaba conseguir. Mi madre abrió muchos los ojos e intentó disculparlo cuando lo vio. – Ya sabes que tu hermano es muy pequeño y … Con la palabra en la boca siguió mis pasos impetuosos por el pasillo. Sabía que aquello no terminaría bien. Y tenía razón.
Reconozco en su rostro blanco la cicatriz sobre la ceja con la que entonces vengué su falta y quisiera no reconocerla. Asiento con la cabeza. – Es él – digo antes de que vuelvan a taparlo con la sábana.