Le deseé que tuviera un buen turno. Ocupó su puesto e hizo pasar al siguiente. La cola atravesaba la entrada. Los mismos rostros fantasmales de cada mañana. La misma pesadez en los pies. Las mismas expresiones vacías. Día tras día les decíamos que nada podíamos hacer, y día tras día, regresaban. Resignados. Ordenados. Sólo protestaban quienes quedaban fuera cuando cerrábamos la puerta, como yo estaba haciendo. Las quejas airadas arreciaron en el exterior y el alivio entre los que habían entrado justo a tiempo. No hay más plazas, repetía mi compañero. Al menos lo intentamos, parecían decir sus miradas huecas cuando giraban y dócilmente, regresaban al cementerio.