Volví a enfocar su figura uniformada en la mirilla del rifle. Desde el rellano de la escalera sólo veía la silueta enorme, y a sus pies, el cuerpo maniatado de papá.  Mamá había dicho que pasara lo que pasara no debíamos bajar. Ahora, lloraba frente a la puerta y mientras los hombres desordenaban todo, nos lanzaba subrepticias miradas de advertencia. Al cabo de un rato, el que estaba junto a mi padre ordenó que los llevaran. Sabía que si no hacía algo, nunca más vería a mis padres con vida. Gatillé en cuanto el tipo se puso bien a tiro. Por suerte, no escucharon el click de mi rifle de plástico.