Antimusa, el taller, mi taller, ese sitio en el que me enseñaron a apreciar las palabras, a calibrarlas, a elegirlas y a ponerlas con más sentido y sentimiento en el papel, cumple 32 años.
Gracias a la complicidad de uno de esos compañeros de siempre he podido estar presente en la distancia en el merecido homenaje con que se ha reconocido tanto tiempo de trabajar por y para las palabras. Por y para los aprendices de escritores.
Este es el texto con el que he querido expresar a Antimusa (mis queridas profes Ana y Marta) una parte de todos los «gracias» que les debo:
Siempre que me preguntan qué extraño más de Argentina, se me viene la palabra Antimusa a la cabeza. Claro que no puedo responder con esa palabra porque nadie lo entendería. Nadie que no haya tenido la suerte que yo he tenido de compartir más de diez de estos treinta y dos estupendos años de vida de Antimusa. Entonces, contesto lo que se espera que conteste en estos casos: el dulce de leche.
Se es antimusiano aunque uno vea la luna al revés, o el agua girar en sentido contrario cuando se desagota. Aunque las constelaciones sean otras y uses bufanda en los tórridos diciembres de fin de curso en el taller. Se es antimusiano aunque se haya estado ausente y mudo durante mucho tiempo, aunque hayas pasado tormentas oscuras sin tiempo para escribir porque no se podía soltar el timón. Y no se es antimusiano en el recuerdo, sino en el día a día. En ese enfrentarse al desafío de hilvanar letras con la filosofía del esfuerzo. Del simple y a la vez complejo concepto que se resume en “apoya el culo en la silla y trabaja”. Afortunadamente, eso nunca se pierde.
Le debo a Antimusa momentos únicos de esos que acolchan el alma para soportar mejor los golpes. Cuadernos repletos de palabras, palabras repletas de recuerdos. Le debo el saberme escritora sin importar el hemisferio en que me encuentre, ni el que deba aprender otra vez a decir las cosas que ya sabía decir. Le debo tardes mágicas y noches en vela, porque después de tan movilizadoras reuniones costaba mucho conciliar el sueño. Le debo, sobre todo, el haber aprendido a ver la realidad con gafas literarias y encontrar esos disparadores que con tanta habilidad nos planteaba Ana en las tardes de taller, a la vuelta de cualquier esquina.
He compartido en Antimusa las primeras patadas de mi bebé, en pleno proceso creativo, y el descubrimiento de ser madre por primera vez de un niño que ya tiene hoy dieciocho años. Sí, ha pasado mucho tiempo, pero no mucha distancia. Porque los kilómetros existen, y la luna se ve aquí del revés, pero las cosas que se conservan en lo más profundo de uno mismo, como es mi paso por Antimusa, nunca se pierden. Por eso, cuando tengo que hablar de nostalgia digo dulce de leche, aunque entre nosotros, en mi idioma, dulce de leche significa Antimusa.
Gracias Ana y Marta. Gracias Antimusa. ¡Feliz cumpleaños!
