Aquellas pequeñas cosas
Para Joan Manuel Serrat, que sin saberlo ha desordenado la antología de mi vida
De vez en cuando la vida te besa en la boca y el Carrusel del Furo está esperándote para decirte cómo alucina un niño. Y hay niños silvestres, amores imposibles, camas anchas, mujeres sentadas para siempre en una estación esperando lo que ya no puede regresar. Pero eso no impide que la fiesta nos aglutine, subiendo la cuesta, como si la noche fuera de San Juan aunque sea mayo, y hayan pasado más de veinte años desde que teníamos veinte años.
En ese territorio, en que las palabras de amor se pronuncian con la voz de los quince años, y vuelan como una carta que se lleva el viento a ninguna parte, a ningún buzón, no hay sitio para los que usan la colonia y el olor para ocultar oscuras intenciones. Y sin embargo están presentes, sólo para que sepan que todos tenemos algo personal contra ellos. Que para la libertad tenemos más corazones que arenas en el pecho. Y que caminando hacemos camino, cantando golpe a golpe, verso a verso, sin importar si desafinamos o no.
Porque para afinar ya está él ahí, llenando el escenario de poesía, la noche de estrellas, el aire de música. Bendita música a cuyos atardeceres rojos se han acostumbrado mis ojos.
Y con la resaca a cuestas, no hago otra cosa que pensar en tantas cosas como evocan esas canciones que me han acompañado durante toda la vida. Haciéndome creer que yo también he nacido un poco en el Mediterráneo, que yo también tuve diez años y un gato peludo funámbulo y necio. Que yo también, y un poco gracias a ese señor pequeño que llena el espacio del teatro y tantos momentos de mi vida, suelo hacer como que espero a las musas mientras escribo. Porque ellas… Ellas siempre están de vacaciones.
