por pcollazo | Feb 4, 2018 | En pocas palabras
Cuando llueve, sacamos los cacharros de la cocina al patio para que se llenen. La abuela, que en su otra vida fue una dama inglesa, nos ha enseñado todos los secretos del té. La temperatura exacta del agua, que como nos cortaron el gas, conseguimos quemando los pocos muebles sobrevivientes. La mezcla de hojas a utilizar: tres del limonero de la vecina y cuatro del ligustro de la entrada. El toque dulce que disputamos picadura a picadura con las abejas.
Lo mejor: las pastas. Amasadas con lodo del camino y crocante de hormigas. Todo aromatizado al viento de tormenta. Una exquisitez.
A veces, los niños nos chupamos tanto los dedos, que terminamos arrancándolos de nuestras manos. La abuela nos acusa de estar pecando por gula y como auténtica dama inglesa no admite discusiones. No podéis tener tanta hambre, repite. Solo han pasado dos meses desde la última vez que llovió.
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por pcollazo | Feb 4, 2018 | En pocas palabras
Más que cojo, a mi pirata le faltan ambas piernas. Sé que es él aún antes de ver la rosa asomando desde su libro de Neruda. Una cursi clave que hemos acordado para reconocernos. Dejo mi Alfonsina Storni en equilibrio sobre un contenedor de papel. Bastaría un suave impulso para hacerlo desaparecer con mi rosa y con el hombre repeinado que espera.
@PirataCojo no es un nombre tan inadecuado, pienso desde mi resbaladiza lógica de @SirenaVarada.
Él se gira en una maniobra de ruedas y repara en mi cola inmóvil. Sonríe. Intercambiamos libros. Me gustaría saber cantar.
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por pcollazo | Feb 4, 2018 | En pocas palabras
Su padre no permite que falte al cole. Esperan a que se hagan las nueve para que el centro comercial abra, y pasan por los servicios. Además de hacer pis, tiene que lavarse los dientes estrujando los tubos de pasta a los que sacan hasta el último gramo. Después se moja el pelo y sale para que su padre se lo peine formando una larga coleta. A las nueve y media, ya le ha dado su beso de la buena suerte después de acompañarla hasta la puerta. Ella carga su mochila raída pero limpia, más liviana que las de sus compañeros. A veces se entera de lo que cuenta la profe, a veces no. Un sueño profundo le sobreviene en medio de la solución de un problema, y se queda dormida, pero como se sienta al fondo de la clase, tiene la esperanza de que no se note. Se despierta sobresaltada cuando la clase responde a coro a alguna pregunta, o cuando la profesora alza la voz. El corazón le late con fuerza y se ruboriza, para tranquilizarse al comprobar que nadie le está pidiendo su agenda con intención de mandarle una nota a su padre. No puede darle semejante disgusto. Ya bastante tiene él con lo suyo. Lo suyo es caminar durante todo el tiempo que ella está en el cole. Caminar a ver si algún día hay suerte. Ella ha dejado de preguntarle acerca de la suerte, porque nunca hay, y él ya no sabe cómo explicárselo para que no se ponga triste.
Lo realmente bueno del cole, es la comida. Jamás deja nada en el plato, y las celadoras del comedor la felicitan porque no es quisquillosa como otros.
Lástima que a las seis de la tarde, la comida aquella de las doce está ya olvidada, y las tripas empiezan a rugir.
Toca salir de ronda, como dice su padre. Alicia, cabizbaja, lo sigue.
Mientras su padre cierra la tapa del sexto contenedor con gesto adusto y resignado, Alicia da un pequeño salto y despega del suelo. El asfalto oscuro y mojado ya no enfría sus zapatillas rotas ni penetra en su pequeño cuerpo aterido. Si la mano firme de su padre no sostuviera la suya, se remontaría por encima de los edificios ajenos hasta desaparecer. Se conforma con flotar, justificando así la ingravidez en su estómago.
– Ya encontraremos algo, mi niña – lo escucha decir antes de abrir la siguiente tapa. Pero Alicia se siente tan liviana, que solo desea que su padre le suelte la mano para poder volar.
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