Convenio regulador

Convenio regulador

El incómodo cadáver del mediador familiar apareció  sobre el felpudo, con una nota arrugada en la mano izquierda. A ella no le hizo falta leerla. Ordenó que se deshicieran del cadáver y redobló la apuesta. Durante la siguiente semana, su felpudo albergó los cadáveres de un sacerdote, dos sicarios, un niño recadero, un psicólogo, un abogado mafioso y  un hipnotizador. Decidió ceder a sus exigencias.

Él le abrió la puerta personalmente y la abrazó ávido, sin dejarla hablar. Ella le clavó el estilete. Sin quitarse los guantes ni las gafas oscuras, recuperó su colección de novelas negras, su tequila traído de México, y los habanos comprados en Cuba. Satisfecha, condujo de regreso fumando sin parar.

Convenio regulador

A medida

– ¿Lotería, herencia inesperada, crucero por la costa de México?…. ¿qué eliges? – dice acariciando la bola de cristal.

– ¿Elegir? Dígame usted qué pasara. ¿No es adivina? – contesto.

– Venga, bonita. Decídete rápido o te cobraré doble.

– Herencia  – susurro para arrepentirme de inmediato.

Tarde.  Cuando regreso a casa, mi padre ha muerto.

Convenio regulador

En lista de espera

Serán unas pocas palabras, pero resultará difícil pronunciarlas. Tendré que explicarles que esa extraña enfermedad que se ha contagiado en México, sumada a su deformación congénita, las válvulas, las complicaciones de la cirugía… Unas palabras que no significarán nada para ellos hasta que no articule las peores, las últimas tres: lamentablemente ha muerto.  Una palmada en la espalda, un lo siento, cuando son niños es horrible…

Después, y sin darles descanso, apelar a su solidaridad. Ofrecerles salvar otras vidas, hablarles del modo en que su niño podrá dar una oportunidad a otros, no dejarles pensar, insistir fuera de todo protocolo, presionarlos sin contemplación.

Porque la vida que acabo de cercenar, ese corazón impecable que he visto hace un momento, se merece revivir en mi hijo. Y él no puede esperar más.

Tres almas

Tres almas

Cuando cada noche él se deslizaba en mi cama sin pronunciar palabra, y sin contemplaciones me sometía a sus deseos, yo lo dejaba hacer, mientras huía al jardín a esperar a que terminara y se fuera a dormir la borrachera a su propio cuarto.

En el jardín, solía encontrarme con mi segunda alma, la que me cogía del brazo y me hablaba al oído para distraerme. Y me cantaba la canción de los angelitos en las escaleras. Eso me ayudaba a mantenerme quieta y sin rechistar. La experiencia nos indicaba que era lo mejor. Cuanta más resistencia oponíamos, más se alargaba la tortura, y lo que es peor, más se excitaba la bestia.

Mi tercera alma, se mantenía siempre en un segundo plano, haciéndose la inocente, pero todas sabíamos cuál era su verdadera intención.  La última noche,  se apareció con las tijeras de podar en una mano y la decisión pintada en el camisón desgarrado. Nada pudimos hacer para impedirle actuar.

Cuando por la mañana, mamá regresó de trabajar, nos encontró a las tres abrazadas, metidas en el mismo cuerpo tembloroso. No necesitó que le explicáramos nada. Deslizó las tijeras fuera del cuello del monstruo y con un grito de venganza, las volvió a clavar.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Hellen van Meeden:

Obsesiones

Obsesiones

Los fantasmas de historias son muy persistentes. No se conforman con que los estrujes en una hoja arrugada y los arrojes a la papelera. Tampoco es suficiente con reducirlos a cenizas con el mechero ese que tienes en el primer cajón aunque te has prometido dejar de fumar.

No temen a la luz artificial sobre una nueva página en blanco, y menos aún a la oscuridad que propicia los jueguecitos intrigantes con que pretenden obligarte a volver a ellos.

Tú has decidido dejar de lado aquel personaje demasiado atribulado o esa historia que encallada en un callejón sin salida. Borrón y cuenta nueva. Tachas, borras, abollas folios y te pones a pensar en una nueva historia. Pero ellos siempre regresan.

Primero son una mancha difusa sobre el papel. Tú pasas la mano como si quisieras barrer inexistentes pelusas depositadas sobre la hoja, pero en lugar de hacerlas desaparecer, les das vida. Comienzan a tomar forma. En un claroscuro se perfilan con el aspecto de aquel protagonista desechado, o de algún secundario cercano que viene en su representación.

Y tú haces como que no lo ves alzando la vista hacia un imaginado horizonte, fingiendo pensar. Pero cuando vuelves a intentar escribir las primeras palabras de un nuevo cuento, allí está él. Con las palmas apoyadas desde el otro lado de tu hoja en blanco. Exigiendo que lo liberes.

Llegados a este punto tienes dos posibilidades. Aliarte con el rebelde y dejarlo campar a sus anchas hasta sacar de él lo mejor que consigas, o abandonarlo a su suerte poniéndote de pie para irte a la cama, cosa que deberías haber hecho hace tiempo ya. El muy testarudo, te seguirá sin duda. Toca ahora atormentar tus sueños. No te quejes. Para eso eres escritor.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esa fotografía de Willie Hsu: