Cuando mi padre llegó a casa, no hizo falta que le dijera nada. Me encontró llorando, sentado en el pasillo, con el armario de debajo de la escalera abierto de par en par. Cerró la puerta, me abrazó y me ayudó a enterrar los cuerpos detrás del pinar que tenemos junto a nuestra casa. Eran bastante robustos y con tanto ropaje pesaban muchísimo. Acarrearlos fue complicado. Fuimos dejando un rastro de incienso y mirra hasta llegar a la última hilera de árboles.

Mi padre me hizo prometer que no contaría nada de lo ocurrido. En especial a mis hermanos pequeños. Accedí entre lágrimas. Pero desde entonces, por las dudas, cada diciembre el armario de debajo de la escalera aparece cerrado con llave.

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