– Tiempo de calidad. No le voy a negar que es el más caro – dice el vendedor – Pero le aseguro que vale la pena.

Miro la caja que me muestra y evalúo el exorbitado precio que acaba de mencionar. Una caja de veinticuatro horas cuesta más de lo que gano en un mes.

Como no me ve convencida, insiste:

– Claro que lo puede usted fraccionar… Calcule que si usa quince minutos por día… esto le da para casi cien días…

La psicóloga de Laurita me ha dicho que necesita al menos media hora diaria y que debe ser de calidad, pero no quiero decírselo. Es reconocer ante un extraño que soy una mala madre.

Desde que es posible comprar tiempo, ya no hay excusas para no dárselo a tus hijos. Recuerdo que mi madre apenas podía dedicarme una o dos horas al día, y no serían de calidad, pero era tiempo. En cambio las mujeres de ahora no podemos con todo.

Apoyo el índice en el aparato junto a la caja y adquiero una deuda que me llevará meses pagar.

Intento pensar que estoy satisfecha, que he hecho lo correcto, mientras regreso a casa con la caja balanceándose sobre mis rodillas en el transporte público.

El atasco, el de todas las tardes, es monumental. Llego cuando la asistenta virtual ya ha dado de cenar a Laurita, la ha bañado y le ha cantado una nana metálica y estridente hasta conseguir que se durmiera.

Deposito un beso culpable sobre la frente de mi hija y noto que está ardiendo de fiebre. La asistenta que me he podido permitir, no viene con funciones de enfermería, por lo que no lo ha notado, ni me ha mandado mensajes de alerta.

Cojo a mi hija en brazos cuando veo que no logro hacerla reaccionar. No está dormida. Un sopor espeso y extraño la tiene atrapada. Tengo tres recibos impagos del seguro de asistencia médica virtual, por lo que ni me molesto en llamarlos, no me atenderán.

El hospital público más cercano  está al otro lado de la ciudad, y es posible que el cupo diario de pacientes ya haya sido alcanzado y no me atiendan, pero envuelvo a Laurita en una frazada y salgo a la calle.

Conseguir un taxi con una niña en los brazos es tarea imposible. Lo sé por experiencia. La gente se pelea a muerte por cogerlos cuando se liberan. Y es suicida enzarzarse en una de esas luchas si no tienes brazos con los que defenderte.

Cojo el trasladador nocturno que tardará más de una hora hasta llegar al hospital, pero es lo único que puedo hacer. Me mantengo en equilibrio de pie junto a una puerta, intentando que no me expulsen del vagón en cada parada, que no aplasten a Laurita, ya que nadie tiene ni pizca de consideración, y que no aprovechen para meter mano en mi bolso ni en mi cuerpo.

Recuerdo la caja de las veinticuatro horas y pienso que al haberla comprado tal vez haya puesto en peligro el tratamiento que me indiquen para Laurita. En pie, sostenida por la inercia del gentío que llena el habitáculo, comienzo a llorar. Rodeada de desconocidos que no me prestan ninguna intención, mis lágrimas se deslizan hacia la cabeza de mi hija que emerge como una de esas antiguas flores dentro del capullo de la frazada. Laurita se remueve y murmura algo:

– Has regresado, mamá…

Cree estar en su cama, pobrecilla.

A fin llegamos al hospital y es tan difícil bajar como ha sido intentar permanecer en el vehículo durante cada una de las paradas anteriores.

La noche se hace eterna cuando me indican que hasta las diez de la mañana no darán nuevos turnos. Que si quiero conseguir uno, me ponga a la cola. Así lo hago, resignada. Para esperar nos ha tocado una de los cientos de escaleras caracol que confluyen en la sala de Urgencias.  Agotada, me dejo caer en un escalón, mientras acuno a Laurita, que parece no tener fiebre ahora. La espalda me duele, los pies se me duermen, llevo casi doce horas sin probar bocado, pero tengo que ser fuerte.

Sin poder evitarlo, dormito, sobresaltándome ante cualquier movimiento. En mitad de la noche escucho a Laurita cantar. Abro los ojos sin poder creerlo. ¿Cuánto hace que mi niña no canta aquella antigua canción que su bisabuela le ha enseñado?… que come chocolate y turrón…

– Hola, mamá – sonríe fresca como una rosa.

– ¡Cariño! ¿Estás bien?

Ella asiente, y sigue cantando… y sueña que es un gran campeón jugando al ajedrez…  La abrazo, me pregunta dónde estamos, y le digo que no importa. Que en cuanto amanezca regresaremos a casa. Pero que me siga cantando.

–  Cuando te canto dices que no te dejo trabajar – señala culpable.

– Eso era antes, cariño. Eso era antes. Ya no más seguir trabajando cuando llego a casa. Si cantas tan bonito…

Laura sonríe y se queda adormilada mientras cantamos juntas ratones que duermen cerca del radiador. Le quito el pelo de la frente, y recuerdo otra vez la absurda caja llena con veinticuatro horas de tiempo de calidad. Tal vez, pienso, como no la he abierto, aún esté a tiempo de devolverla.

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