Amelia riega las plantas de su balcón con más esmero que nunca. Deben estar preciosas para el aplauso de cada tarde. Así se lo ha prometido a Manuel y ella siempre ha cumplido las promesas que le ha hecho.

Le prometió amor y fidelidad casi cincuenta años atrás, cuando eran prácticamente dos desconocidos que solo habían compartido paseos vespertinos de la mano y cine en compañía de su hermanita. Y nunca le había fallado. Aunque él, alguna lejana y olvidada vez, lo hubiera hecho.

Sagrario. Siempre piensa en ella como “su hermanita”. Sagrario hubiera cumplido setenta y dos este año, si una neumonía sin nombre raro, no se la hubiera llevado por delante hace tres. Nunca se había casado, nunca había formado una familia, y aunque jamás hubieran hablado del tema, Amelia sabía perfectamente por qué.

Sagrario adoraba las dalias, esas que ahora parecen estar renaciendo en el macetero de la esquina. Esa es buena señal, piensa Amelia mientras acaricia con dedos temblorosos los brotes henchidos de vida.

Humedece un algodón en el agua de la regadera y frota hoja a hoja mientras canta un pasodoble. “La española cuando besa”, silabea a media voz. A sus plantas les hace bien que les canten y a ella le hace bien recordar las verbenas del pueblo, su Manuel tan apuesto con el traje de los domingos. Y ella, envuelta en la gasa de su único vestido decente. El mismo año tras año, ese al que le soltaba la cintura en los embarazos y volvía a ceñir, cada vez un poco menos, después.

Cada arreglo ensanchador tenía un nombre: Azucena, Lorenzo, Joaquín. Y cuando ya todos correteaban entre los bailarines jugando con los otros niños del pueblo, Amelia aún usaba el mismo vestido de gasa.

Manuel nunca había sido un hombre cariñoso, salvo en fiestas. Cuando la luna de verano, el vino de la cooperativa, la música estridente y la alegría generalizada, hacían la diferencia. En esos días, la cogía del brazo y bajaba orgulloso a la plaza, como mostrándole al pueblo la bella mujer que tenía. Y la rodeaba con sus brazos enormes con una ternura inusitada en él mientras bailaban al son de la orquesta.

Así había sido año tras año a excepción de uno. Ese en que Manuel y Sagrario habían desaparecido durante los tres días de fiesta dando rienda suelta a las habladurías de todo el pueblo y de los pueblos vecinos también. Pero habían regresado. Manuel había vuelto a ser el marido hosco y taciturno que era siempre en días normales, y el hombre alegre y cariñoso que era en fiestas.

Y Sagrario… Sagrario nunca había vuelto a ser la misma, aunque todo el mundo la viera igual y aunque el paso de los años hubiera acallado los rumores. Las dalias de Sagrario no volvieron a florecer en ninguna otra primavera.

Pero Amelia prefiere recordar todas las fiestas menos esa. Y sentirse la más bella del pueblo del brazo de su grandullón engominado. El hombre al que ha aprendido a amar y a perdonar.

Amelia ha sido bella, aún ahora sigue siéndolo, mientras sus ojos sueñan con las noches de luciérnagas bajo las farolas de la plaza de su pueblo.

Entra en la casa a por más agua. La artrosis no le permite acarrear más que un tercio de regadera por vez.

“Ya verás, viejito, cuando regreses, lo contentas que se pondrán las flores”. Desde que a Manuel se lo han llevado al hospital, se ha acostumbrado a hablarle en voz baja. Tampoco quiere parecer loca. Pero prefiere hablarle así, cuando quiere, sintiéndolo todo el día cerca. En cambio, para hablar con sus hijos tiene que esperar a las nueve de la noche, y verlos en la pantalla de un móvil que apenas sabe manejar con sus torpes y anquilosados dedos. Lo acepta porque sus hijos insisten en llamarla cada día. Obligan a sus nietos a sonreír a la pantalla y decir dos o tres palabras comprometidas desde debajo de sus flequillos, antes de seguir jugando en el ordenador. Y luego se aseguran de que ha comido, de que no le falta la medicación, y le dan las últimas noticias desde el hospital. Sabe que las suavizan, que no le cuentan toda la verdad. Le dijeron que Manuel había entrado en la UCI cinco días después de que lo hiciera. Cuando ya se había estabilizado un poco y daba signos de que se podría recuperar.

Amelia es consciente de ese desfasaje temporal, porque sabe exactamente cómo está su marido, sin necesidad de partes médicos. Pero les agradece en silencio sus esfuerzos por mantenerla al margen, y ni siquiera les dice que son inútiles.

El día en que Manuel empeoró y tuvieron que entubarlo, se murieron tres geranios. A eso siguió casi una semana de tallos ladeados, hojas mustias y una invasión de pulgones en el jazminero, su preferido.

Recuperar aquello parecía casi imposible, pero una mañana, luego de que Amelia retirara con mucho dolor cada una de las hojas afectadas por la enfermedad, el jazmín amaneció enhiesto y brillante bajo los primeros amagos de la primavera. Estaba delgado, raquítico. Pero poco a poco, una hojita aquí y otra allá, fue recomponiéndose.

Amelia sabe que ya no le queda mucho tiempo de hablarle a Manuel en secreto y en voz baja. Que pronto regresará a casa. Se lo dicen sus plantas. Se lo dice la albahaca que pide a gritos que la pode para prepararle el pesto que tanto le gusta.

Pero las que sin duda están gritándoselo, son las dalias, las de la esquina, las de su hermanita, que están felices bajo un manto de brotes nuevos. Eso, seguro, es una buena señal.

A %d blogueros les gusta esto: