Mamá dice que esto pasa por comprarlo en un chino. Papá, que siempre prefiere ir al chino a que le quiten un riñón en el Corte Inglés (“y el otro de la cara, si los deja”, “un ojo de la cara” corrige mamá, “de la cara o de dónde sea”, dice él), apechuga pero niega con la cabeza.

Este año, al traer la caja del trastero pesaba mucho. Y pronto vimos el motivo. Al ir desenvolviendo una a una las figuras y colocándolas sobre la mesa, comprobamos que a San José se le había quebrado el cuello, a uno de los camellos la pata delantera (estos no eran los motivos) y, este sí: el niño Jesús ya no era un bebé. Tenía unos quince años, zapatillas de skate, unos pantalones anchos que dejaban ver el bóxer que llevaba debajo y una camiseta que ponía “Fuck me”. Cuando pregunté qué significa “Fuck me” nadie quiso explicármelo. Pero mi hermano Luca, que este año cumple trece, se partía de risa.

A mamá y a papá no les hizo tanta gracia. Sobre todo, lo de que se le viera el bóxer. Mamá lo obligó a levantarse los pantalones y amenazó con colocarle una bandita elástica como cinturón. Jesús puso cara de “qué me estás contando”, la que pone Luca cuando le dicen que entre a ducharse de una vez, y se sentó a lo indio delante del portal.

Tanto hizo mamá que, a pesar de sus protestas, terminó doblándolo de tal forma que consiguió que se mantuviera ovillado sobre la cuna de paja y cada cual siguió a lo suyo: colocar el musgo, el papel albal para el río, reparar las quebraduras con la gotita, colocar a los reyes a una buena distancia del belén para poder ir acercándolos… El único que no hacía nada era Luca. Ya llevaba un par de años diciendo que eso de montar el pesebre era cosa de críos y dejándonos a los mellizos y a mí todo el trabajo.

Aquella noche nos fuimos a dormir sin sospechar que al día siguiente tendríamos belén, reyes, santos, vaca, buey y burros, pero Jesús, ni pintado.

Mamá fue la que puso el grito en el cielo. ¡Se va a enterar! ¡Este se va a enterar! Luca, que creyó que la cosa iba con él, se asomó al pasillo con los ojos medio cerrados y cuando vio que Jesús no estaba volvió a partirse de risa.

Lo buscamos por todos lados. Dentro y fuera del belén. Pero nada. Mamá ya estaba desesperada y decía que había que avisar a la policía a o alguien, cuando Jesús apareció haciendo eses por el camino que, desde las lucecitas del pueblo (el final de las luces del árbol), desembocaba en la parte trasera del portal. Era evidente que estaba borracho. Mamá lo cogió de una oreja y lo colocó otra vez en su jergón del que le sobresalían las piernas peludas y los brazos, pero en el que cayó boca abajo para quedarse dormido de inmediato.

Desde entonces, Jesús se ha comportado como un verdadero energúmeno. Ha dormido durante el día y merodeado durante las noches. Casi provoca un incendio al encender un canuto sobre la paja de su cuna. No me pregunten qué es un canuto, porque no me lo quieren explicar. Pero lo peor de todo es que cuando se le da la gana se encierra con Luca en su cuarto después de enseñarle cómo hacer para robar la botella de coñac que mamá tiene para cocinar, y les dan las tantas sin que nadie consiga hacer que se vayan a dormir.

Luca está encantado y dice que, llegado el siete, guardamos el resto del belén, pero a Jesús no se lo toca. Que él le hace un sitio en su cuarto.

Mamá le ha dado un ultimátum a papá: que vaya al Corte Inglés a comprar un Jesús como dios manda, pero papá dice que de eso nada. Que, si no son capaces de manejar a un adolescente unos pocos días, qué les espera en poco tiempo. Esto lo dice mirando a Luca, a los mellizos y a mí. Así, en ese orden.

Al final, la noche de Reyes, cuando los tres están a punto de llegar al portal, Jesús va haciéndose más y más pequeño hasta volver a vestir esa especie de sabanita blanca a modo de pañal y quedarse dormido chupándose el pulgar ante la mirada dulce de la virgen y la sonrisa aliviada de mamá.

Yo hubiera pensado que Luca se iba a llevar un disgusto. Pero no, lo miró con una sonrisa nostálgica, nos dijo que adelantáramos otro paso a los camellos y bajó con nosotros a buscar pasto al jardín de abajo para dejarles junto con tres zanahorias en la entrada de casa. A los reyes, un pedazo de roscón y tres vasos de leche. ¡Ah! Y la botella de coñac que volvió a aparecer en el mueble de la cocina.

Luca fue el primero en asegurarse de que sus zapatos quedaran bien a la vista y le recomendó a mamá que lo llamara temprano, en cuanto viera que los reyes ya habían pasado. “Claro, mi niño”, le prometió mamá. Y le dio un abrazo largo. Yo creo que para aprovechar y subirle los pantalones, porque un poco sí que se le veía el bóxer.

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