Cuando abrió las puertas de su tienda en el centro del pueblo la novedad dio la vuelta por todas sus callejuelas y se extendió rápidamente hacia los pueblos vecinos. Ahora, ya ha alcanzado fama más allá de la comarca y suelen formarse largas colas en el exterior del local.

Amanda no es una emprendedora más. No ha montado una panadería, una zapatería, ni una floristería. Amanda ha montado la primera tienda de compra venta de sueños para mujeres. Y no es que haya otra tienda de este rubro para hombres, es que la suya solo atiende a mujeres.

Compra sueños de princesas, amores de película, idealizadas figuras masculinas… Paga bien por ellos si se tiene en cuenta que no los revende jamás. Los guarda en atiborrados álbumes escrupulosamente ordenados para facilitar su futura búsqueda, en caso de que una soñadora arrepentida regrese a por ellos. Eso no ha pasado nunca durante el año que lleva abierta la tienda. Pero es la garantía con la que Amanda atrae a su clientela.

Después de tantos años de cultivar sueños rosados, de mariposas flotantes y corazones tornasolados por doquier, a las mujeres no les resulta tan fácil desprenderse de ellos. Pero basta una visita a la tienda, un repaso por sus anaqueles morados donde se exponen los sueños en venta, unas recomendaciones vertidas por Amanda ajustadas siempre al perfil de cada clienta, como para decidirse a comprar.

Los sueños no se pagan con dinero, ese es el lema de la tienda y está pintado en grandes letras violetas en el escaparate. ¿Con tarjeta?, pregunta alguna despistada mientras curiosea el género. A lo que Amanda niega con énfasis. Para comprar nuevos sueños debes vender aquellos que se te han quedado desfasados, pequeños, aquellos que ni siquiera son tuyos, sino que alguien te los ha impuesto, les explica.

Por eso compra sueños tapones, sueños velo, sueños atascadores, de esos que no hacen más que impedir a sus dueñas crecer y realizarse.

Y les vende sueños que algunas hubieran creído imposibles si no los hubieran visto tan nítidos y alcanzables en las estanterías de Amanda.

Los sueños en venta están organizados por temas en varios pasillos. Está el pasillo de los viajes, el de las carreras profesionales, el de las relaciones igualitarias, el de las grandes aficiones, el de las vidas sin modelos familiares preestablecidos y. como no, el de las fantasías eróticas.

Las clientas los recorren y pueden ojear tantos sueños como quieran antes de decidirse por alguno. Incluso pueden comprobar qué tal les sientan utilizando los probadores habilitados.

No es fácil decidirse por unos pocos, pero gracias a la paciencia y buen hacer de Amanda, todas las mujeres salen satisfechas y cargadas de coloridas bolsas repletas de sueños.

Un sueño impuesto por modelos y tabúes, por un sueño abierto y libre a estrenar. Esa es la tarifa.

Algunos hombres han acusado a Amanda de estar estafando a sus mujeres. Alegan que es evidente que hay trampa, porque si los nuevos sueños se pagan depositando sueños anticuados (sueños que quedan almacenados y no generan dinero a la dueña de la tienda), ¿cuál es el negocio? ¿Cuál es la ganancia de Amanda?

Hasta ha habido denuncias interpuestas ante Consumo para que clausuraran el local con mil excusas burdas. Pero las autoridades no han encontrado motivo alguno para hacerlo.

¿Qué gana Amanda? La respuesta es tan sencilla que resulta imposible de ver para muchos. Para todos esos que se creen dueños de los sueños de las mujeres con las que comparten vida, de todos los que no conciben que ellas sean capaces de soñar libremente.

No pueden entender que el sueño de Amanda fue y sigue siendo empoderar a otras mujeres, cuantas más mejor, hacer que cada una encuentre el suyo propio y lo persiga. Y que ella solo está trabajando día a día para alcanzarlo.

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