Después de tantos meses me acerco al huerto del abuelo. Como era de esperar, está lleno de maleza. Con lo cuidado que él lo mantenía siempre. Del galpón cojo sus guantes de trabajo, me los calzo y comienzo a arrancar malas hierbas con ahínco.

Los dedos me bailan dentro de la protección de cuero. El abuelo tenía unas manos enormes. Gruesos dedos a los que la artrosis no habían respetado, y que aun así habían estado activos hasta el final.

Cuando de pequeño lo ayudaba a desmalezar, el abuelo solía entonar una canción cuya letra no soy capaz de recordar. Cómo me gustaría aferrarme a ella ahora, cuando entre la maleza empiezan a aparecer sus prolijas hileras de tomates, sus calabazas demasiado crecidas y las cebollas queriendo escapar de la tierra.

La tarareo en un hilo de voz que se quiebra cuando reconozco la nuca sudorosa asomando entre dos plantas de lechuga enormes y amarilleadas por el sol. Es la nuca del abuelo. La reconocería entre millones. Tantas veces como la vi cuando, agachado entre surcos, trasplantaba un esqueje o podaba una vid. Y allí está, con su pelo ralo y húmedo, con el lunar rojo y en relieve a un costado.

La observo buscando una explicación que no existe. Al abuelo lo hemos enterrado en el camposanto. Me acuclillo y acaricio su nuca en un gesto al que nunca me hubiera atrevido en vida. El abuelo era muy reticente a los abrazos y a los besos. Está húmeda y tibia.

Entonces, a través de las lágrimas que me enjugo con mi torpeza de guantes, veo, entre los dos manzanos de la última hilera del huerto, su hombro izquierdo. Está dentro de su inconfundible mono azul y surge cerca de las raíces de los árboles como un pequeño montículo. Me acerco, lo sacudo. Es fuerte y enhiesto como siempre lo fue. No se doblega a pesar de mis intentos de tirar de él.

Lo huelo. Huele a esa mezcla de paja, tabaco y estiércol, a la que siempre olía el abuelo.

Apoyo mi cabeza en él y lloro todo lo que no fui capaz de hablar con ese hombre hosco y monosilábico con quien compartía mañanas de verano en el huerto a la espera de poder ser libre para montar en bicicleta y volver a jugar con los chavales del pueblo.

Es cuestión de revisar todo el terreno para dar con sus rodillas encajadas en las perneras azules y desgastadas, el pie izquierdo emergiendo orgulloso dentro de su bota cubierta de barro, el hombro derecho del que cuelgan las tiras de la sulfatadora, y sus manos aferradas a dúo a las tijeras de podar.

El abuelo ha brotado en el huerto.

Quito hasta la última maleza y observo orgulloso mi obra, como cuando él me decía: “Ya está, Ricardito” y entonces yo sabía que llegaba la parte divertida y que podía arrastrar la manguera desde el galpón. Luego, abría el grifo usando todas mis fuerzas y veía la serpiente de agua recorrer los treinta metros de manguera hasta salir junto a la primera hilera sembrada.

Ahora hago lo mismo, y como él entonces, alzo la manguera, coloco el pulgar en el orificio y hago que el agua brote como una lluvia generosa y transparente. Una lluvia que empapa la tierra, las raíces, los frutos, y al abuelo, como él hacía conmigo en aquellas mañanas de verano, en que, con el único gesto juguetón que jamás le conocí, dirigía hacia mí el chorro y me calaba por completo mientras yo saltaba y reía feliz.

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