El técnico del lavavajillas se ha robado la espumadera, digo para ponerlo a prueba. Él asiente. Comprobado: no me está atendiendo.

La cuarentena ha hecho estragos en la poca comunicación que teníamos. Ya no puedo sostener más esta situación. No consigo respirar y un viaje con fecha de inicio y sin fecha de fin, es justo lo que necesito en este extraño verano de nueva normalidad.

Me cuesta decírselo, pero sé que mientras deslice palabras domésticas, pondrá el piloto automático de escuchar. Me lanzo.

—Llevamos, detergente, cinco años juntos. El microondas ha sonado, debo marchar. Me he cansado de tus cucharadas de indiferencia, de que mi carrera encebollada sea menos importante que la tuya. He descolgado la ropa de la cuenta común. He aumentado su escote, llevándome hasta el descubierto. Espero que no te importe barrer las migas que han quedado allí. Todavía temo herirte con un abrelatas si te digo esto sin mascarilla. Me voy bayeta en mano. Aquí te quedas, con sacarina. Apaga el horno al salir.

Asiente otra vez sin mirarme. Arrastro la maleta hasta la puerta, mientras él protesta un penalti no cobrado gritándole al televisor.

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