Viva la vida

Frente al espejo repasa su aspecto una vez más. Está más nerviosa que en su primer día. Aunque han pasado más de veinte años, lo recuerda perfectamente. Su problema entonces era conseguir recogerse el pelo para parecer seria y profesional. Ya no tiene esa larga cabellera que recoger. En cambio, el pelo muy corto se dispara ahora en todas direcciones desde su cabeza, y la complejidad reside en aplacar tanta rebeldía.

Si está nerviosa no es por el peinado, ni por la sensación de que la chaqueta de su traje no termina de sentarle como antes, ni siquiera por pensar que tal vez su sitio en la mesa estará ocupado cuando llegue.

Si está nerviosa es porque teme enfrentarse a las miradas esquivas con que ha sido recibida en algunos sitios después de que todo pasara. A las sonrisas condescendientes, a los comentarios soslayados, a la conmiseración.

Deja a su hijo en la puerta del instituto y conduce con prudencia hasta la oficina. Si algo ha aprendido es a tomarse las cosas con calma. Hace unos meses hubiera apurado los semáforos al límite del cambio de color. Hubiera vociferado contra ese conductor que insiste en mantener el límite de noventa en la M30 delante de su coche. Hubiera pitado a la moto que se le ha cruzado en la bocacalle justo antes de llegar. En cambio hoy, ha buscado sitio para aparcar sin mirar la hora, sin odiar a esos afortunados que lo han encontrado justo un segundo antes de que ella llegara junto a ellos, sin agobiarse pensando en el tiempo que lleva perdido cuando aún no son ni las nueve.

En el panel del torno de entrada, la flecha verde la reconoce como alguien con derecho a entrar a su oficina. Se siente tontamente feliz. Guarda la tarjeta pensando que de haber estado sola en el ascensor, le hubiera dado un beso antes de hacerlo.

Al salir en su planta, camina sobre el piso enmoquetado escuchando su propio taconeo como si fuera una especial melodía. Ha habido momentos en que ha dudado de poder estar otra vez allí. De volver a odiar el olor de los lunes, de volver a insultar a la máquina de café cuando le tragara su última moneda,  de cuchichear cotilleos sobre la nueva sospecha de romance achacada al de finanzas. Y había sido dudando de ser capaz de regresar algún día, como todas esas cosas habían adquirido un valor distinto para ella.

Se acerca a su mesa casi sin entender que la nube de globos de colores que flota encima, enganchada al monitor de su ordenador, es para ella.

La extrañeza que le produce las mesas vacías, el silencio en toda la planta a esas horas de la mañana, empieza a inquietarla cuando la música estalla estridente desde su ordenador. Es el “Viva la vida” de Coldplay. Esa especie de himno que la ha acompañado en sus cascos durante tantas horas en el hospital, que ha sostenido tantas dudas, tantos desasosiegos, hasta convertirlos en certezas. Esto es obra de las chicas, se dice, mientras sus compañeros salen de debajo de las mesas al grito de ¡Bienvenida! y ella apoya el bolso en el suelo, y llora y ríe y vuelve a llorar entre abrazos, entre bromas, entre gente, que no la ha dejado sola durante estos largos meses, ni tampoco le soltará la mano en este retorno.

Sobre su mesa, la mejor bienvenida: una carpeta con el nombre del nuevo proyecto en el que, le dice su jefe, deberá meterse de lleno ya.

No piensa en el hueco bajo su chaqueta, en que su pelo habrá perdido la seriedad conseguida a base de gel, en que su maquillaje, estará hecho un desastre, después de tanto abrazo y tantas lágrimas enjugadas de prisa. En cambio, piensa en que las segundas oportunidades siempre son mejores que las primeras. Y en que es hora de buscar las monedas e invitar a las chicas al primer café.

Tus comentarios ayudarán a muchas palabras a ponerse de pie

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