Vaivenes

Al final, ni Caribe, ni Costa Dorada, ni Benidorm. Al final fueron dos tumbonas compradas en el chino (de las cuales solo una sobrevivió hasta el final del verano) y un pedido al Mercadona que incluía gazpacho, sandía y conservas de atún en grandes cantidades.

En junio me había llegado la esperada jubilación y nos fuimos a vivir a la casa del pueblo.

Dicen que la cantidad de divorcios crece considerablemente en septiembre, porque después de las vacaciones y el tiempo extra compartido, la gente se da cuenta de que no conoce a la persona que tiene al lado. Y que si lo conociera, no querría vivir con ella.

Si hubiéramos tenido una casa a la cual regresar en septiembre, una mesa cargada de papeles, doscientos correos electrónicos sin leer, unas plantas que intentar revivir en el balcón, hubiéramos terminado engrosando las estadísticas de divorcios estivales. Pero al no tenerlos, hubo que apechugar. Meter en el salón la única tumbona sobreviviente, hacer un pedido de mandarinas, lentejas y garbanzos al Mercadona, llenar de gasóleo el depósito de la caldera que no conseguimos hacer funcionar y alargar nuestro amor de verano hasta nuevo aviso.

Soportamos los rigores del invierno  con aquel calefón que siempre te dejaba enjuagándote con agua helada, y precintando puertas y ventanas para evitar que la cama se cubriese de escarcha y los reproches que cruzábamos con fruición terminaran formando estalagmitas sobre los muebles.

La primavera comenzó a florecer una mañana cualquiera como por casualidad. Ella, sentada junto la ventana, se había aflojado la bufanda que llevaba enrollada al cuello desde hacía cinco meses. No sé por qué, volvió a enamorarme como cada abril. Pero no se lo dije. Uno también tiene su orgullo. Agosto estaba a la vuelta de la esquina, y pronto volveríamos a empezar.

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