Única respuesta válida

Las preguntas del examen parecen escogidas adrede para suspender a gran parte de la clase.

Yo la observo ir y venir entre las mesas con ese andar torpe y no soy capaz de odiarla. De las veinte preguntas, podré con suerte, contestar tres. Y no es que no preste atención en clase. Yo le presto toda la atención del mundo. Sé en qué momento el mechón rebelde se escapará de su coleta. Puedo predecir qué zapatos traerá los jueves y el color del abrigo que usará cada lunes. Soy capaz de asegurar que aunque llueva a cántaros no traerá paraguas, porque ya ha perdido el último que le quedaba. Puedo anticipar el tono con que anuncia un nuevo tema, la mirada de reproche con que pide la agenda de los que no hacen la tarea, el momento preciso en que estornudará si la primavera se cuela por la ventana.

Si en lugar de preguntar sobre la política y el arte de los visigodos,  preguntara acerca del matiz de sus ojos cuando escucha a alguien plantearle una pregunta, o sobre la cantidad de veces que se acomoda el reloj en la muñeca en cincuenta minutos, podría sacar un diez sin despeinarme. Pero no. Todo lo que tiene de dulce y especial, lo tiene de testaruda y estricta. Y de fanática de esas historias antiguas que no deja de contarnos con tanto entusiasmo que al final, algo te queda.

Leo y releo las hojas que nos ha entregado y observo los huecos en blanco en donde se supone que debo contestar tantas preguntas. Si es que yo solo tengo una respuesta para todas ellas y no me animo a escribirla en el papel.

Ella se ha detenido a mi lado y cuando levanto la cabeza, el corazón me da un vuelco a causa de su proximidad.

– ¿Qué pasa? ¿No entiendes las preguntas? ¿Necesitas ayuda?

Niego repetidamente con la cabeza. No puede ser tan dulce y atenta y pretender que no te enamores de ella. No puede conocer las respuestas a estas inteligibles preguntas y a muchísimas más sin esperar que te mueras de admiración.

Se aleja taconeando los zapatos que usa los días de lluvia. El izquierdo tiene hace tiempo el tacón un poco despegado, pero ella no lo nota.

– Diez minutos para entregar – dice desde el frente.

Algunos compañeros bufan. Otros se apresuran a rellenar los huecos blancos. Yo, en cambio sigo mirándolos como si fueran atrayentes luces y yo una mariposa de esas que no pueden evitar chocar contra ellas y morir.

Suena el cambio de hora. Ella pasa mesa por mesa para recoger. Cuando se detiene a mi lado, me apresuro a garabatear mi nombre en la hoja sobre la que no he escrito nada y se la entrego con las mejillas ardiendo.

Ella la recoge y mientras todos van saliendo del aula, me hace una seña.

– Quiero hablar contigo – pronuncia sobre el bullicio.

Retraso tanto como puedo mis movimientos mientras recojo las cosas que están sobre el pupitre.

El corazón me late desmesurado. Ella me espera semisentada sobre su mesa. Mis compañeros han salido ya. Me acerco intentando pensar una excusa que me saque pronto de allí.

– ¿Qué pasa, Lucia? ¿Te has enamorado? – dispara sin anestesia.

¿Cómo puede ser que haya adivinado cuál es la única pregunta para la que tengo respuesta?

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Johan Deckmann

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4 thoughts on “Única respuesta válida”

    1. pcollazo dice:

      ¡Muchas gracias, Martín!

  1. Alfonso dice:

    Bonita historia, Patricia.

    Un saludo.

    1. pcollazo dice:

      ¡Muchas gracias, Alfonso!

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