Tres almas

Cuando cada noche él se deslizaba en mi cama sin pronunciar palabra, y sin contemplaciones me sometía a sus deseos, yo lo dejaba hacer, mientras huía al jardín a esperar a que terminara y se fuera a dormir la borrachera a su propio cuarto.

En el jardín, solía encontrarme con mi segunda alma, la que me cogía del brazo y me hablaba al oído para distraerme. Y me cantaba la canción de los angelitos en las escaleras. Eso me ayudaba a mantenerme quieta y sin rechistar. La experiencia nos indicaba que era lo mejor. Cuanta más resistencia oponíamos, más se alargaba la tortura, y lo que es peor, más se excitaba la bestia.

Mi tercera alma, se mantenía siempre en un segundo plano, haciéndose la inocente, pero todas sabíamos cuál era su verdadera intención.  La última noche,  se apareció con las tijeras de podar en una mano y la decisión pintada en el camisón desgarrado. Nada pudimos hacer para impedirle actuar.

Cuando por la mañana, mamá regresó de trabajar, nos encontró a las tres abrazadas, metidas en el mismo cuerpo tembloroso. No necesitó que le explicáramos nada. Deslizó las tijeras fuera del cuello del monstruo y con un grito de venganza, las volvió a clavar.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Hellen van Meeden:

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