Sin retorno

Hubiera preferido desaparecer a tener que explicar su presencia allí. Pero era demasiado tarde. Si los pasos que escuchaba en el pasillo, iban directo a la puerta de entrada, tal como temía; apenas tenía tiempo de ovillarse debajo de un mueble, aunque el ruido lo delatara antes de lograr su cometido.

Era más seguro deslizarse entre la cortina y la pared y esperar en silencio, que arrastrarse hasta la mesa más próxima donde ni siquiera existía el cobijo de un mantel.

Sin embargo las piernas no respondían. Miraba alternativamente la puerta y lo que llevaba en la mano, sin decidir si primero debía soltarlo o levantar un pie.

Ella notaría que algo faltaba ni bien abriera la puerta. La imaginaba recorriendo la habitación con una sola mirada mientras levantaba las persianas. La cortina no era tan buena idea. Tal vez podría contar con que ella, cegada por la luz de afuera, le diera los segundos necesarios para escapar.

Las manos habían empezado a temblarle, con el peligro de terminar desarmando el objeto precioso contra el suelo lustrado.

La llave en la cerradura tapó el sonido de su respiración contenida justo en el momento en que los pies despegaron y lo depositaron de cara al suelo, detrás del sillón de dos cuerpos.

Ella fue directa a la ventana. En cuanto mirara la biblioteca iba a notar la ausencia. Era necesario actuar antes de que le arrebatara de sus propias manos el tesoro.

Gateó en la oscuridad hasta la pared rogando no tropezar. La puerta estaba cerca y ella de espaldas, luchando con el mecanismo de la persiana. Era el momento.

Salir fue más simple de lo que esperaba- Tarde entendió que no había calculado la posibilidad de un encuentro casual. No atinó a responder ninguna de las preguntas que le hacía el vecino, ni a acallar su asombro con alguna explicación estúpida.

La voz del otro no hizo más que alertarla, y ella abrió la puerta encontrándolo allí, con el libro a medio ocultar debajo del abrigo.

Odió la sonrisa tambaleante con que la miró, el sudor en las manos y la falta de reflejos que le impedía huir escaleras abajo. En cambio, cuando ella extendió la mano, le devolvió el libro, sabiendo que las cosas no podían ser de otro modo, que desde el momento en que había terminado de escribirlo, le era irremediablemente ajeno.

Tus comentarios ayudarán a muchas palabras a ponerse de pie

A %d blogueros les gusta esto: