Sin fecha de caducidad

El cuatro romano es un tramposo, lo descubrí hoy gracias a que te paraste sobre la silla y lo proclamaste al viento interrumpiendo mi explicación. ¡Si tocaban cuatro íes! ¿Qué se viene a hacer el complicado?, y además, ¿cómo sabe que después va a venir la V,  si él está antes que el cinco? ¡Eso es trampa!

Yo coroné tu alegato con una carcajada que me llenó la boca y empezamos a gritar a dúo ¡Descalificado por tramposo! ¡Queda descalificado! Y hasta creí ver la I y la V dibujadas en el cuaderno, a la derecha del 4, empalidecer con claras intenciones de pasar desapercibidas.

Cerramos las tapas duras para encarcelar al tramposo y darle una buena lección, y volvimos a abrirlas cuando, convertido en juez, consideraste que era suficiente castigo.

Entonces, fuimos a parar al dictado que siempre te causa tanta gracia y otra vez yo, poniendo cara seria pronuncié las palabras que ya sabemos de memoria: “el gusano germano guisó un geranio, mientras su gato guerrero rasgaba la guitarra”. Y tú hiciste la parodia de estar escribiendo cada palabra, y aguantamos la risa hasta que diste vuelta la hoja y vimos el dibujo que habíamos pintado el día que estrenamos las témperas, y el título al pie copiado con tu letra gorda y titubeante: “Gusano guisando geranio”.

A continuación, inevitable, vino el pedido de continuar la historia que había quedado detenida en un renglón, cuando Gustavo, que así habíamos llamado al gusano, guerreaba con un gigante gangoso.

Y empezamos a decir palabras con G hasta encontrar las adecuadas.

– Ya sé, Gustavo gana la guerra y el gigante va a la guillotina – aseguraste, y yo completé la historia inconclusa agregando al final un “pero” misterioso que nos obligara a continuarla la próxima vez.

De ahí, pasar al experimento de la levadura en la botella, fue lo  mas natural. Así, que ya estaba yo subida a la encimera buscando una botella vacía y tú sosteniéndome la silla e indicándome con  tu dedo brújula donde tantear.

Que la hora de la cena nos sorprendiera en la cocina, fue la excusa perfecta para que ejercitaras tus dedos en la botonera del microondas, y  tu lectura en el envase de la mantequilla.

– Má, acá pone “Fecha de caducidad: ocho de octubre”. ¿Tú tienes vencimiento?

Pensé que no, que parada en medio de la cocina, con tu mano enmantecada sacándome el pelo de la cara, no puedo tener vencimiento.

– Uh, nos olvidamos de hacer los deberes – bromeaste al acostarte, como tantas veces, debajo de mi beso toma fiebre.

– No te preocupes, yo le explico a la profe – continué la broma mientras apagaba la luz. Y caminé por el pasillo preguntándome cuanto tiempo más podré hacer durar, tus cuatro años.

Tus comentarios ayudarán a muchas palabras a ponerse de pie

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