Rombos

Mi madre se puso en cuclillas ante mí y colocando un dedo bajo mi mentón, pronunció las temidas palabras: “Mírame a los ojos”. Sabía que ante eso no había nada que hacer. Cuando ella usaba esa frase no quedaba más remedio que confesarlo todo.  Estaba a punto de pronunciar las palabras que me confinarían a un mínimo de dos semanas sin ir al parque, cuando el brillo húmedo en su mirada me detuvo. Desde la altura de mis seis años, comprendí  que ella no esperaba una declaración de culpabilidad. “Tengo que contarte algo” dijo al tiempo que una lágrima alargada se deslizaba por el tobogán de su mejilla. Sólo la había visto llorar dos veces en mi corta vida. Cuando el tío Raúl se fue a vivir a México  y cuando el abuelo murió.

“¿Quién?” pregunté desde la lucidez inaudita de la inocencia. Ella alzó la vista para mirar a alguien detrás de mí. “Debe saberlo, cariño” escuché decir a mi tía. Las palabras no salían de su boca. En cambio me abrazó tan fuerte como nunca lo había hecho. Su cuerpo se estremecía en un movimiento que yo no llegaba a comprender. Recuerdo que durante aquellos eternos minutos, mis ojos repasaron una y otra vez el diseño de rombos blancos y negros del cinturón de mi tía. Así, en blanco y negro, cuadriculado, sin redondeces ni nubes de algodón, quedó dibujado mi mundo cuando al fin ella reunió fuerzas para volver a mirarme a los ojos. Hubiera preferido confesar todas las travesuras que recordaba e inventar algunas que no recordaba también, a escuchar sus palabras trémulas: “Papá. Papá tuvo un accidente, cariño…”.

Tus comentarios ayudarán a muchas palabras a ponerse de pie

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