Obsesiones

Los fantasmas de historias son muy persistentes. No se conforman con que los estrujes en una hoja arrugada y los arrojes a la papelera. Tampoco es suficiente con reducirlos a cenizas con el mechero ese que tienes en el primer cajón aunque te has prometido dejar de fumar.

No temen a la luz artificial sobre una nueva página en blanco, y menos aún a la oscuridad que propicia los jueguecitos intrigantes con que pretenden obligarte a volver a ellos.

Tú has decidido dejar de lado aquel personaje demasiado atribulado o esa historia que encallada en un callejón sin salida. Borrón y cuenta nueva. Tachas, borras, abollas folios y te pones a pensar en una nueva historia. Pero ellos siempre regresan.

Primero son una mancha difusa sobre el papel. Tú pasas la mano como si quisieras barrer inexistentes pelusas depositadas sobre la hoja, pero en lugar de hacerlas desaparecer, les das vida. Comienzan a tomar forma. En un claroscuro se perfilan con el aspecto de aquel protagonista desechado, o de algún secundario cercano que viene en su representación.

Y tú haces como que no lo ves alzando la vista hacia un imaginado horizonte, fingiendo pensar. Pero cuando vuelves a intentar escribir las primeras palabras de un nuevo cuento, allí está él. Con las palmas apoyadas desde el otro lado de tu hoja en blanco. Exigiendo que lo liberes.

Llegados a este punto tienes dos posibilidades. Aliarte con el rebelde y dejarlo campar a sus anchas hasta sacar de él lo mejor que consigas, o abandonarlo a su suerte poniéndote de pie para irte a la cama, cosa que deberías haber hecho hace tiempo ya. El muy testarudo, te seguirá sin duda. Toca ahora atormentar tus sueños. No te quejes. Para eso eres escritor.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esa fotografía de Willie Hsu:

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