Legado

Desde que el abuelo había muerto, la abuela había dejado de ir a la verbena. Ese año, logré convencerla. Fue un trabajo de hormiga: notas brillantes, comportamiento irreprochable durante todo el verano y muchos recados llevados a cabo sin protestar.

Yo tenía doce años. Y la certeza de poder arreglar el mundo.

Llegada la noche señalada, me perfumé demasiado y me peiné con abundante agua. Parecía un galán sudoroso oliendo a alcohol.

Cuando sonó el pasodoble del abuelo, me acerqué a su sitio y la invité a bailar. Ella dudó, pero algo en mi aspecto de ángel caído, la obligó a acceder.

El abuelo siempre decía que se había enamorado de su fortaleza. Y ella, como si no quisiera defraudarlo, aguantó con estoicismo cada uno de mis pisotones.

Tus comentarios ayudarán a muchas palabras a ponerse de pie

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