Jornadas intensivas

Aprovechando la jornada de verano, cada tarde de agosto sobre las cuatro, pasaba a verte. Me quedaba largo rato observándote. Admirando la serenidad y el control con que mantenías una postura insostenible sin mover un solo músculo. Solías dejar tus dorados brazos suspendidos en el aire, como si estuvieras a punto de despegar para estrenar al fin las alas que cargabas sobre tu espalda.

Yo me preguntaba cómo aguantabas el peso de aquel disfraz sin siquiera pestañear. Solo tus ojos, enmarcados en el dorado de tu rostro, se movían de vez  en cuando, como para evitar que te terminaran confundiendo con una estatua de verdad.

Eras la más bella de las Ramblas y yo no tenía ojos más que para ti.

Siempre echaba unas monedas en la caja que colocabas a tus pies, solo para contemplar el brillo de tu blanca sonrisa agradecida, que se abría paso entre tanta pintura dorada para volverse a esconder de inmediato.

Hoy, después de una semana, he vuelto. Lo he hecho por ti, porque el cuerpo me sigue pidiendo mantenerme lejos de este lugar. Yo sí tengo miedo, pero la perspectiva de volverte a ver, me ayuda a camuflarlo.

Te busco en el lugar de siempre. Hay allí un ser fantástico que misteriosamente se mantiene levitando cogido de una vara.

Pregunto a los dueños de los puestos cercanos. Nadie sabe decirme dónde estás. No han vuelto a verte, aseguran con una mueca triste. Pero no se atreven a pronunciar una hipótesis sobre lo que te pudo pasar.

Me quedo mirando la figura flotante cogida a su vara, los altares llenos de velas, las cartas plagadas de corazones, de lágrimas invisibles. Y quiero pensar que aquella tarde, después de que te dejara mis monedas diarias y me alejara caminando hacia el mar, echaste a volar justo a tiempo como para no ser testigo de la barbarie. Pero sé que no pudo haber sido así. Que eras la estatua más verosímil de toda la calle, y que nunca, bajo ningún concepto, te hubieras salido de tu papel.

Tus comentarios ayudarán a muchas palabras a ponerse de pie

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