Jauría

La jauría se disputa las piernas de la víctima, mientras el resto del cuerpo ha quedado en la cima a merced de las aves de rapiña. A dentelladas, van dejando al descubierto los huesos grisáceos. Los hocicos se hunden en la ciénaga roja para volver a emerger y olisquear el aire, como esperando detectar a la siguiente presa. La nieve es un tapiz rosado sobre el cual las figuras se mueven acompasadas, tironean hasta desprender y el impulso las obliga a flexionar las patas traseras para evitar perder posición.
Omar no las ve. Abrazado a una rama tan lejana del suelo como le es posible, cierra los ojos con fuerza. La frente fruncida sobre las cejas no deja ingresar una sola imagen, ni una luz, ni un atisbo de color. Así, quisiera tener párpados en las orejas, ya que las manos están ocupadas.
Si los viera, tendría la certeza de que ya detectaron su presencia, de que sólo se demoran en lo seguro, regodeándose de antemano en lo que sin duda llegará. Pero sólo puede sospecharlo, y su sospecha está fundada con razón en los repentinos silencios, en la interrupción unísona con que levantan la cabeza y permanecen tiesos una fracción de segundo, para después retomar de inmediato la faena.
Como no se anima a abrir los ojos y mirar hacia abajo, Omar prefiere pensar que sus piernas flexionadas están lo suficientemente altas, que no podrán convertirse en blanco fácil de las garras y mandíbulas.
Percibe que el trajín se ha redoblado, seguramente con la llegada de otros ejemplares atraídos por el olor. Y apenas si se anima a respirar temiendo que sus fosas nasales se llenen de esa misma fetidez inodora de la sangre.
Presume que los recién llegados han contribuido con su parte al festín, ya que las disputas se multiplican a uno y otro lado. Y parece haber dos bandos bien diferenciados a izquierda y derecha de su rama.
Sus piernas, escasamente abrigadas por la tela desgarrada, han empezado a congelarse. O esa es al menos su conjetura, al no percibir su peso. Al igual que sus manos, que tal vez estén aferradas a la corteza a través de los guantes, o tal vez estén intentando tantear el vacío en sus piernas.
Refuerza la persiana sobre sus ojos cuando el sonido ineludible de las uñas clavándose en la madera, le llega apenas disimulado entre chasquidos de mandíbulas cerradas con fuerza.
El fuego, que hasta hace un momento le quemaba la garganta, se ha apagado ahora, a causa del aire congelado que ha comenzado a circular por su tráquea, entrando por algún orificio que no puede identificar, llenándole la boca hasta obligarlo a exhalar.
Cuando Omar empieza a entender que no podrá aguantar más tiempo en esa posición, que tarde o temprano terminará cayendo para convertirse en carroña; un sonido recién estrenado, le obliga a cambiar de opinión. Las patas enterrándose en la nieve, parecen alejarse, y con ellas el murmullo de la jauría.
Deja pasar un tiempo y aguza el oído tanto como le es posible. Nada, apenas el viento que baja desde la cima, en remolinos acompasados.
Ordena a sus músculos deslizarse por el tronco, y la reacción no llega. Cree tener las extremidades congeladas. Lo intenta sin resultado una y otra vez. Se niega a aceptar que la cabeza solitaria que cae rebotando contra el manto de nieve, es la suya.

Tus comentarios ayudarán a muchas palabras a ponerse de pie

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