Inocentes

Teníamos un reno que bailaba cuando le apretabas la mano, y un muñeco de nieve cuyas piernas se estiraban  y le permitían husmear con su nariz de zanahoria lo que estaba pasando en el belén que colocábamos justo a su lado.

Teníamos guirnaldas de luces que todos los años fallaban después de haber conseguido la proeza de desenredarlas a pesar de que siempre procurábamos guardarlas bien ordenadas. Teníamos un chino cerca, al que acudíamos los niños en tropel con un billete de veinte para invertirlo en otras luces y nuevas bolas para el árbol.

Teníamos discusiones eternas acerca del color, la forma y el dibujo que queríamos para las nuevas bolas.

Teníamos un Papá Noel lleno de tierra, que subía por una escalera de soga y se trepaba hacia nuestro balcón.

Teníamos unos aerosoles con los que decorábamos las ventanas a través de unos moldes con formas de copos de nieve.

Teníamos que escuchar a mi madre protestar cuando llegaba la hora de quitar “aquel pegote” de los cristales, y aseverar que era el último año que nos permitía montar aquel desastre.

Teníamos dos burros, una vaca, y tres cerdos que cuidaban la entrada de nuestro belén. A ellos se había sumado un tiranosaurio Rex, que según mi hermano menor, era imprescindible para mantener la seguridad del bebé rubio exageradamente grande en relación a  toda la comitiva humana y animal que lo rodeaba.

Teníamos unos soldados romanos, que mi hermano mayor colocaba en el lado opuesto del belén y que a mí no me gustaban nada porque tenían caras de malos.

Teníamos cartas escritas mirando el catálogo del corte inglés. Teníamos competencias de “me lo pido” cuando más de uno le echaba el ojo al mismo juguete.

Teníamos roscones de reyes con sorpresas dentro y al que le tocaba se convertía en rey de la casa por un día.

Teníamos coronas de cartón dorado que colocábamos sobre nuestras cabezas mientras mojábamos el roscón en chocolate caliente.

Teníamos una cabalgata que pasaba cerca de casa y que esperábamos ansiosos con las bufandas tapándonos casi hasta los ojos y mi madre diciendo que nos quedáramos quietos y no bajáramos a la calzada.

Teníamos ansia de caramelos que ni siquiera nos gustaban. Teníamos un jardín junto a nuestro portal, en el que recogíamos el césped para dejarles a los camellos.

Lo teníamos todo, pero no lo sabíamos. No lo supimos hasta el año en que aquellos hombres que buscaban a papá no nos creyeron cuando les dijimos que él estaba de viaje desde hacía mucho tiempo y se quedaron a esperarlo sentados en la sala frente a nuestro árbol titilante.

Intentado amedrentar a mamá para que lo hiciera venir a casa, fueron haciéndonos pasar uno a uno al despacho de papá.

Como todos sabíamos, no consiguieron que mi madre diera con él. Aquel veintiocho de diciembre, todos perdimos la inocencia.

 

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