Inicio de temporada

La temporada no había empezado oficialmente, y era la época del año que más le gustaba. Los turistas aún no habían llegado con su prepotencia ganada a fuerza de trabajos mantenidos a disgusto, para vengar madrugadas, palabras ácidas escuchadas a diario, autobuses repletos.

El clima, como queriendo tentarlos con el anzuelo del sol brillante para después doblarles el rostro con una cachetada de tormenta, era perfecto.

El día de playa tan meticulosamente planeado, se presentó de improviso una mañana de sábado, y salió de prisa tras él como para no dejarlo escapar.

Guardó en su bolso algo de fruta, una toalla, el protector solar del año anterior, y la novela. Esa que había estado asentando en el segundo estante de la biblioteca a la espera del momento preciso. Como un vino añejo, en posición horizontal y sólo movida esporádicamente ante limpiezas cada vez más improbables.

Recorrió el centenar de metros que lo separaban de la playa, cargando la silla plegable sobre el hombro desnudo, anticipando el frío irremediable del agua alcanzándole los pies, y calculando la posición exacta en que armaría su pequeño campamento para que el sol no perturbara la lectura.

Como era de esperar, solo dos o tres personas se animaban a la arena tan temprano. Un muchacho con cara de nada que arrojaba a intervalos regulares  una pelota de tenis a un perro gris, que con su misma cara, se la devolvía incansable. Un hombre probando suerte en el muelle, más absorto en el movimiento lejano del puerto, que en los vaivenes de su propia caña, y una pareja caminando por la orilla sin apuro.

Armó la silla baja en el ángulo exacto que le permitiera observar el mar con un golpe de vista, sin quedar completamente de frente para evitar que el viento entorpeciera la lectura; a unos metros de la orilla, ya que aún no era momento de dejarse mojar, sobre un terreno virgen de residuos.

Se descalzó, perdiendo el último vestigio de urbanidad y se sentó con el libro añejado rozándole las rodillas flexionadas.

Los pies, en contacto con la arena fría, el sol entibiándole el torso, el pelo orillándole la frente con los vaivenes prodigados por el viento.

Durante más de una hora leyó casi sin detenerse. Embebió sus pensamientos en esos otros, y por eso, al principio no creyó propia la idea de que tenía mucho frío en los pies. Hasta que se obligó a mirarlos y los descubrió semienterrados en la arena tibia. Si hubiera prestado más atención a sus sensaciones que al renglón que otra vez capturaba su atención, quizás hubiera estado a tiempo.

Dos capítulos después, cuando la molestia en los pies le ganó la pulseada por segunda vez a las palabras escritas, intentó moverlos sin resultado. Creyó que se le habían dormido y quiso estirar las piernas para hacer círculos en el aire. Pero pesaban. La arena le llegaba ahora a los tobillos, comprobó con una mirada extrañada, e intentó ponerse de pie, con la consecuencia lógica de perder el equilibrio ya que los pies no le respondían. Y las rodillas fueron a dar contra la arena sin que por eso las plantas de los pies se separaran ni un centímetro de la superficie rugosa que empezaba a sentir húmeda. Logró volver a encajar su cuerpo en la silla baja y se masajeó las pantorrillas doloridas en el estiramiento. Si la arena estaba húmeda era porque la marea había empezado a crecer y algunas olas lentas llegaban casi hasta su bolso semiabierto a un costado. Lo levantó y hurgó en su interior como buscando algo sin saber qué en realidad.

Después del algunos infructuosos intentos por desenterrar su pie derecho, lo intentó con el izquierdo con más ahínco aún, pero con igual resultado.

Miró a su alrededor para pedir una ayuda absurda. El muchacho del perro estaba a más de cien metros sentado en la arena junto a su mascota mirando absorto el mar. El hombre del muelle, de espaldas, presumiblemente, encarnaba su anzuelo. De la pareja de caminantes, ni rastros.

Hacer todas esas comprobaciones había resultado una pérdida de tiempo, porque no le parecía posible llamar la atención de ninguno de ellos, y al mirar otra vez hacia abajo, comprobó que la arena había avanzado casi hasta las rodillas, y el agua, el agua seguía coqueteando con los hoyos que se habían formado a su alrededor, como planeando escabullirse en ellos en cualquier momento. Al menos la misma arena lo ayudó a ponerse de pie y mantener el equilibrio.

Pensó que cuando finalmente el agua llegara a su altura, la presión empezaría a ceder. Pero no fue así. El agua le mojó los extremos del bañador y se desparramó a su alrededor como vertida sin remedio.

Atinó a apoyar una mano para ejercer una especie de palanca que le permitiera liberar las piernas sin lograrlo. La arena y el agua avanzaban denodadamente y calculó que en diez minutos le llegarían a la cintura.

Los gritos no fueron escuchados por el muchacho del perro, ni por el hombre del muelle, que cuando lo miró, devolvió su gesto de brazo en alto con un saludo amistoso, como si lo creyera sentado y no enterrado en la arena.

El libro había permanecido en su mano derecha y el índice terco marcaba la página que había estado leyendo.

Cuando la arena le llegó a la altura de las axilas, lo apoyó sobre la marea corrediza y comenzó a leer ávidamente, hasta que la sal le inundó los ojos y se hizo imposible seguir.

Tus comentarios ayudarán a muchas palabras a ponerse de pie

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