Federico

Por qué demonios sus dueños los han abandonado en ese inhóspito lugar, se preguntarían si fueran capaces de hablar. Pero no lo son. Los han dejado amordazados. Atados de pies y manos y con vendas sobre los ojos.  Y no hay mordaza más irrefutable que la muerte.

En una fosa perdida, cerca del camino que va de Viznar a Alfacar  se entremezclan  los cuerpos vacíos, irreconocibles. Todos serían iguales en la llanura del olvido, si no fuera porque uno de ellos sigue pergeñando en silencio sonetos oscuros, casadas infieles, zapateras, inquebrantables solteras, sangrientas bodas.

A veces, cuando hay luna, en mitad de la noche se escucha un cante jondo que brota desde la tierra.

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