Excluidos

Por qué demonios sus dueños los han abandonado, si no se han alejado de ellos ni un solo momento en todo el verano, se preguntan. Uno, retenido en el bolsillo trasero de un jean que ha quedado derramado sobre la silla. El otro, en el interior de un atiborrado bolso de chica. Cargados de mensajes, vibrantes notificaciones, parpadeantes e irascibles, no pueden concebir no haber sido mirados, acariciados, atendidos, durante más de tres horas. Y ni siquiera es de noche. Inaudito. No comprenden el runrún de murmullos, risas, voces deslizantes que se entrecruzan sus dueños, a cara descubierta, sin pantallas ni emoticones de por medio. Absurdo. Como recurso extremo,  se intercambian llamadas.  Pero, y esto sí que termina por desmoronarles, han sido silenciados.

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