El último beso – Primer premio en I Certamen Literario Entre Pueblos

En un momento la casa se revolucionó. Yo, que estaba haciendo la tarea de mates, me olvidé del uno que me estaba llevando cuando mamá apareció, teléfono en mano en la puerta de nuestro cuarto.

– La tía Adela – anunció con voz melodramática – Ha muerto.

. ¿La de la tortuga? – preguntó mi hermano

– Hugo, por favor, ¿te estoy diciendo que tu tía ha muerto y sólo te acuerdas de la tortuga? – preguntó mi madre entre sollozos

– Sabes que yo me las confundo. Hace años que no la vemos. Y no es mi tía, es la tuya….

– Siempre tan insensible como tu padre – reprochó mi madre moviendo el teléfono de arriba abajo amenazante. – No me importa lo que digas, nos vamos al pueblo.

– ¿Qué? ¿Ahora? – gritó mi hermano.

– En cuanto prepare los bolsos

– Pero si yo había quedado con Lucas y Rocío, y además mañana tengo partido… ¿me vas a decir que nos vamos a pasar todo el fin de semana allí?

Mi madre cerró la puerta y taconeó digna por el pasillo sin responder siquiera. Estaba claro que nos esperaba un fin de semana de locura. Cuando mi madre y mi hermano están de uñas, el que termina recibiendo los arañazos por uno u otro lado soy yo.

– Yo no me acuerdo de la tía Adela – le digo en voz baja a Hugo.

– Lo mismo da. Nos obligará a ir a ese sitio, dormir en casa de la abuela Clara con el frío que hace allí, y pasarnos todo el fin de semana entre velatorio, funeral y cementerio….

Yo no sabía lo que era un velatorio, ni un funeral, y nunca había estado en un cementerio, por lo que sólo escuchar esas palabras me producía pavor.

Mi hermano, que pescó al vuelo la causa de mi palidez, pensó que podía usarlo a su favor.

– ¡Peor estás tú que eres el sobrino menor! – afirmó con voz de sabiondo.

– ¿Yo? ¿Qué quieres decir?

– Que como la tía Adela no tiene hijos, tú serás el que tendrás que cumplir con el rito del último beso….

– ¿El qué?

– El último beso… se nota que no sabes de estas cosas – mintió sin inmutarse – Cuando una persona se muere, el menor de sus descendientes, debe darle un beso en la boca justo antes de cerrar el ataúd… Jajaja… ¡Pobre hermanito! ¡Te ha tocado! ¡Te ha tocado!

Yo no tenía saliva ni para tragar, y la merienda había empezado a navegar libre por mi estómago.

– Pero no puede ser, Hugo…. Si yo ni la conocía

– Conocer la conocías, lo que pasa es que no te acuerdas… Si le habrás hecho renegar subiéndote arriba de su tortuga.

Vagamente la imagen de una tortuga en un patio de pueblo y mis pies pequeños pretendiendo usarla como patinete, vino a mi mente.

Comencé a llorar….

– Yo no quiero besar a una muerta por más tía que sea y por más tortugas le haya yo pisado – sollocé.

– Pues mal te veo…

Yo me eché en mi cama con las zapatillas puestas, sin temer que mamá me viera, y rompí a llorar contra la almohada.

– Aunque quizá, todavía hay una salida – dijo mi hermano al rato, como si acabara de ocurrírsele.

– ¿Sí? – pregunté yo incorporándome de golpe.

– Creo que podría funcionar….

– Dime, dime, dime…. Haré lo que sea….

– Antes de explicarte el plan tendremos que negociar mis honorarios….

– Vale, dime qué quieres, ¿mi mando  nuevo de la Play? ¿los cascos que me regaló papá?

Mi hermano negó con la cabeza.

– La semana que viene, cuando te lleve a baloncesto, iré acompañado por una chica. Primero: te mantendrás callado mientras vamos y venimos. Segundo: no le dirás ni pío a mamá.

Cerramos el trato con un rápido apretón de manos.

– Bueno, dime qué tengo que hacer…

– Debes convencer a mamá de que es mejor que este finde nos quedemos con papá. Que te duele la garganta, que tienes cantidad de deberes y que con el frío que hace en el pueblo, si te llegas a enfermar tendrás que faltar a los dos exámenes que tienes el lunes…

– Si yo no tengo ningún examen el lunes…

– ¿Tu quieres evitarte el último beso o no?

– Sí, sí, sí – aseguré enfáticamente

– Pues tú verás…

Me puse en pie, me fui al baño a lavarme la cara y respiré hondo. Tenía que convencerla.

Mi madre iba y venía en su cuarto, guardando cosas en el bolso que tenia sobre la cama.

– ¿Terminaste los deberes? – preguntó en cuanto me vio en la puerta

Negué con la cabeza.

– Me duele la tripa, la frente, y tengo mucho que estudiar…

Me tocó la frente durante uno de sus trayectos por el cuarto.

– Fiebre no tienes

– No sé, también me duele la garganta al tragar…

– ¿Será posible? ¿Justo hoy? – explotó con una pila de camisetas sobre el brazo

– Lo siento, má…. – pronuncié con mi mejor tono lastimero al que acompañé con una tos final. – Siento mucho lo de la tía Adela también – le dije y la abracé.

Esa fue la cereza sobre el pastel.

– Gracias, cariño… – dijo acariciándome la cabeza – Yo tengo que ir, la abuela no nos perdonaría…

– ¿Y si Hugo y yo nos quedamos con papá? Él iba a estar en su casa este finde….

Me miró dudando un poco.

– Es una buena idea, corazón. Pero tendría que hablarlo con él.

– No te preocupes, yo lo llamo – me ofrecí.

– Eres un sol

Sintiéndome un miserable entré en nuestro cuarto con el puño en alto.

– ¿Lo conseguiste, enano? ¿lo conseguiste? – estalló mi hermano.

– Creo que sí. Tengo que preguntarle a papá si puede.

– Eso ya está arreglado. Sabía que lo conseguirías y ya lo arreglé todo con él. Vendrá a por nosotros a las ocho.

Salté de alegría. Me daba pena mentirle a mamá, pero en cuanto me imaginaba colgándome de un ataúd abierto para darle un beso en la boca a una muerta, se me pasaba.

– Papá dijo que no hay problema, má. Que vendrá por nosotros a las ocho – le dije a mi mamá que justo entraba a nuestro cuarto con un bolso en la mano

– ¿Por vosotros? Será por ti. Tu hermano viene conmigo – aseguró pasándole el bolso vacío – Pon aquí lo que quieras llevar.

El rostro de mi hermano palideció tanto que empecé a creer que el enfermo era él.

– No, má. Yo me voy con papá también. Si el enano levanta fiebre o algo, será mejor que esté con ellos para ayudarle…

– Tú jamás ayudas cuando tu hermano está enfermo. Al contrario, te la pasas fastidiándolo y la fiebre le sube más todavía.

– Pero má, yo tenía que….

– Me da igual lo que tenías. Eres mi hijo mayor y debes acompañarme en este mal momento familiar. Ni siquiera saben que tu padre y yo… Imagínate si llego sola. Les diremos que tu hermano estaba malo y tu padre se quedó cuidándolo. Así no mentiremos y todos contentos.

– Todos contentos menos yo – murmuró por lo bajo mi hermano.

– ¿Qué dices? – preguntó mi madre con su tono “si te atreves a repetirlo te quedas sin videojuegos un mes”

– Nada, que en un velorio, muy contentos no estarán.

– Es una forma de decir… Venga, guarda tus cosas en el bolso. No hay discusión posible. Vendrás y punto.

– ¿Pero por qué?

– Porque lo digo yo.

Hugo y yo sabíamos que la respuesta “Porque lo digo yo” era definitiva, que no tenía vuelta atrás. Que hiciéramos lo que hiciéramos no cambiaría de opinión.

– Tú recuéstate en el sofá que ahora te doy unas gotitas y te tapo – me dijo.

Mi hermano me miró con odio cuando pasé por su lado mientras empezaba a arrojar cosas dentro del bolso.

Papá vino a buscarme. Abrazó a mi mamá consolándola y le dio unos golpes en el hombro a mi hermano.

– Acompaña a tu madre. Te necesita – dijo como si le estuviera hablando a un hombre.

Nos marchamos. Yo soñé todas las noches de ese finde con que estaba junto al ataúd, y cuando le iba a dar el último beso a la tía Adela, ella se incorporaba y con una risa maquiavélica me decía – Ven aquí, pequeño, te llevaré conmigo, trae a mi tortuga y bésala también…

Papá me tomaba la fiebre cuando despertaba a los gritos después de las pesadillas. Pero claro que no tenía. Ni dolor de garganta, ni tos, ni nada que estudiar.

Lo que sí tenía era un cargo de conciencia horrible al pensar que al no estar yo presente, el menor de los descendientes de la tía Adela sería mi hermano.

Me sentía tan culpable por haberlo condenado a tener que hacerse cargo del último beso, que pasé los días taciturno y lloroso.

– Querías mucho a tu tía Adela – afirmó mi padre el domingo por la noche cuando mamá estaba a punto de venir a buscarme.

Negué con la cabeza.

– Ni me acuerdo de ella – confesé.

– ¿Y te pone tan triste su muerte?

– No… es por Hugo…

– Cariño, la tía era muy mayor, Hugo no se morirá…

Asentí moqueando. Pero no me quedé tranquilo hasta que no vi la cara de odio con que me miraba mi hermano cuando vinieron a por mí. Al menos había sobrevivido al último beso. Respiré aliviado.

– Hugo, lo siento…. Habrá sido horrible – le dije cuando ya estábamos ambos acostados aquella noche

Silencio

–  El trato sigue en pie. El martes puedes venir a baloncesto con tu amiga. No diré nada a mamá.

Aunque no lo veía, sé que sonrió.

– Vale, enano, gracias – dijo. Y nos dormimos

4 thoughts on “El último beso – Primer premio en I Certamen Literario Entre Pueblos”

  1. Martin dice:

    Felicitaciones. Sencillamente precioso. Me retrotrajo a mi niñez. Bellos momentos.

    1. pcollazo dice:

      Muchísimas gracias, Martín. Me alegra provocar esa evocación.
      Un abrazo

  2. Elisa dice:

    Patricia, tu escritura siempre tan fresca y tan natural. Y cómo te metes en la piel de los críos. Muy bonito y divertido tu relato.

    1. pcollazo dice:

      Muchas gracias, Elisa. Por tu visita y por tu comentario.
      Un abrazo

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