Doble vida – Primer Premio en el XX CERTAMEN DE RELATO CORTO FRIDA KAHLO DE RIVAS

El día en que mi padre murió, nadie vino a buscarme a la escuela. Me quedé sentado en la escalinata de la entrada cuando ya todos se habían marchado. Esperando. Podría haberme asustado, pero no lo hice. Solo me puse un poco nervioso. Saqué mi goma Milán blanca del estuche y me la fui comiendo a pequeños mordiscos. Siempre lo hacía cuando algo me perturbaba. Y que mi madre se hubiera olvidado de mí, era bastante perturbador. Cuando me la acabé, evalué la posibilidad de seguir con la Milán rosa, pero no sabía a nata como la blanca. Ni siquiera a fresa. Era más áspera y se te quedaba pegada a la garganta sin terminar de subir ni bajar. Ya lo había intentado en otras ocasiones.

Era de noche cuando mi abuelo llegó agitado, con cara preocupada y me abrazó sin decirme nada, justo cuando estaba a punto de terminarme el Faber HB más pequeño.

No me llevó a casa. Dijo que mamá me explicaría todo en cuanto pudiera y me dejó con mis primos y la chica que los cuidaba en casa de mi tía.

Para cenar había salchichas con patatas. Yo me sentía incapaz de tragar nada. Ya me había tragado las gomas, las lágrimas, los lápices, los silencios, y las caras de pena con que todos me miraban. La chica aquella, insistía en que debía comer para poder ser fuerte.

Pasaba algo grave que no me querían decir. Algo que me afectaba directamente a mí. Esa era la única explicación para tanto misterio y tanta conmiseración.

Toni, mi primo mayor, que pasaba de la niñera, me dijo que lo acompañara a comprar tabaco y salimos a escondidas por la ventana de su cuarto.

– ¿De verdad fumas? – pregunté yo admirado.

– A veces – dijo encogiéndose de hombros como quitándole importancia.

En aquella época era normal venderle tabaco a un menor, por lo que no necesitó disimular su acné adolescente para hacerse con un paquete de Marlboro y una caja de cerillas.

Me llevó al parque y sentados en un banco, se terminó el primer cigarrillo antes de contarme lo que había sucedido. No lloré. Solo deseé no haberme comido mi goma Milán blanca para poder volver a hacerlo y borrar todo aquello.

Mi primo me puso un cigarrillo entre los labios y me dijo que aspirara.

El ataque de tos me duró media hora. Pero gracias a eso había tenido algo en qué pensar que no fuera el cuerpo rígido de papá sobre el asfalto de una ruta lejana. Toni me llevó de regreso a su casa y me regaló el paquete de Marlboro y las cerillas. Yo los escondí al fondo de mi mochila y me fui a dormir con los pequeños.

Los días siguientes los tengo borrados. Sé que me vistieron de negro. Sé que vi por última vez a mi padre, cuando ya no era mi padre. Tenía los ojos cerrados y la barba crecida. Sé que me comí una a una las cerillas masticándolas a escondidas entre rostros llorosos y palabras que no comprendía.

Sé que guardé esa imagen de papá que querría no haber visto, en la caja vacía de cerillas.

Sé que fue por aquel entonces cuando comencé a fumar. Por más que lo intentaba, no conseguía comerme los Marlboro. Por lo que probé y probé hasta que logré no toser como loco y aprendí a exhalar el humo con cierta gracia. O con lo que yo pensaba que era cierta gracia, pero que en realidad era una mala imitación del ritual con que mi padre se fumaba su cigarrillo de después de la cena. Salía al balcón, golpeaba el pitillo contra la parte superior de la reja, apoyaba ambos codos en ella, y accionaba su encendedor dorado con un movimiento rápido y preciso del pulgar. Luego, el punto naranja se agrandaba en la oscuridad, y el humo lo envolvía dándole un toque de misterio.

Yo lo observaba desde la sala, porque mamá no me dejaba salir con él al balcón si iba a fumar. Supongo que él no sabía que yo lo estaba mirando, porque a veces se quedaba absorto en un punto perdido sobre los edificios de enfrente, y cuando al aspirar, el resplandor anaranjado iluminaba sus facciones, veía algo parecido a la tristeza en ellas. Hubiera dado cualquier cosa por saber descifrar lo que escondía esa mirada. ¿En qué piensan los padres cuando creen que no los estamos mirando?, me preguntaba. Y me lo sigo preguntando. No sé en qué pensaría mi padre en aquellas noches a solas con su pitillo en el balcón. Y ya nunca podré preguntárselo.

Mamá no se dio cuenta de que fumaba hasta casi un año después. Ocupada como estaba en evitar llorar en mi presencia, en parecer animada, en hablar interminablemente con mi abuela por teléfono, en trabajar horas y horas, en sacar de casa las cosas de papá cuando yo no estaba presente; no reparó en que algunas monedas se escapaban regularmente de su cartera. Ni en que me lavaba los dientes más que de costumbre intentando disimular el olor.

Fue también en esa época cuando probé la tinta de los Bic. Mis preferidos eran los azules con tapa blanca. Los anaranjados sabían demasiado amargos, pero los azules tenían un sabor casi dulzón al principio, que se expandía por la boca con pequeños tintes ácidos después.

Apelaba a ellos cuando estaba solo en casa. Porque necesitaba un par de horas y varios litros de agua para sacarme el color azul de la lengua. Pero valía la pena. En esas ocasiones aprovechaba también para hurgar entre las cosas que mi madre guardaba en la parte superior del armario de su habitación.

Buscaba las fotos de mi padre que habían desaparecido de las paredes, de la biblioteca y de los cajones donde solían a ir a parar después de andar rodando un tiempo por la casa.

No encontraba las fotos, pero encontraba algunas cosas interesantes: cartas que se habían escrito siendo novios, folletos de viajes que ignoraba si habían hecho alguna vez, una servilleta de papel plegada y amarillenta con un corazón dibujado… También hallaba cosas tan tontas como  una colección de dientes pequeños (presumo que míos) metidos en una cajita de plástico, unos patucos ridículos de color rosa (estos no serían míos, supongo), mi cartilla de las vacunas…

Me costó varias tardes dar con aquellos papeles metidos en una carpeta  marrón. Al principio no entendí nada. Una cantidad considerable de hojas escritas a máquina, sellos, firmas, y un lenguaje que no lograba comprender, como si estuvieran escritas en otro idioma. Si insistí en leerlas fue porque en todas ellas se mencionaba una fecha, la fecha en que probé por vez primera el tabaco, la fecha de la muerte de mi padre.

Después de leerlo varias veces ayudándome de un diccionario para entender algunas palabras imposibles, supe que lo que se narraba en esas hojas era la muerte de mi padre. Los detalles del accidente aquel que nadie me había querido dar. Querían ahorrármelos, decían. Cuando lo que yo necesitaba era consumirlos, gastarlos de cabo a rabo, conocerlos. Pero de ninguna manera, ahorrarlos.

Una fotografía del coche de mi padre retorcido por la mano de un gigante impiadoso. El maletero o lo que había sido en su día el maletero, estaba junto al motor, que asomaba por debajo del capot abierto, como si el coche estuviera sacando la lengua en una absurda mueca de burla.

Sé que aquel amasijo retorcido era el maletero, porque de él colgaba la cola de mi cometa. Esa que papá siempre llevaba en el coche. Para poder remontarla en cualquier momento, cuando hubiese algo de aire, decía. Eso era algo que jamás habíamos hecho, por lo que supongo que la llevaba allí porque mi madre había vetado la entrada de “otro armatoste más” a la casa y la cometa, que había sido idea de papá, no llegó nunca a adquirir el estatus de verdadero juguete.

Adivinar su colorida cola entremezclada con los restos del coche de papá, me hizo pensar en cuántas cosas no habíamos podido hacer juntos. Nunca habíamos remontado aquella cometa, a la espera de que llegaran los buenos vientos y nunca le había preguntado en qué piensan los padres cuando creen que no los miramos.

Ahora, desde mi mirada de adulto, sé que la lista de cosas que no pude hacer con mi padre, los momentos de mi vida en los que no me pudo acompañar,  todo aquello que nunca hemos podido decirnos, son muchísimo más importantes que una cometa no remontada o una pregunta absurda cuya respuesta hubiera sido seguramente “en nada”,  nunca formulada. Pero en aquel momento esas dos pequeñas certezas se convirtieron en un mundo para mí.

Mamá estuvo a punto de pillarme con las cosas del estante alto del armario desparramadas sobre su cama.

Justo a tiempo conseguí guardarlo todo, sorberme los mocos, enjugarme los ojos con la camiseta y esbozar una sonrisa insostenible cuando mamá terminó de girar la llave y entró en casa.

Algo se olió, y no fue el tabaco.

– ¿Qué tienes en la boca? – dijo.

Yo me llevé la mano a los labios y mis dedos manchados de azul me dieron la respuesta. Ocupado como había estado, no había terminado de limpiarme la tinta del Bic.

– Nada, se me rompió un boli – dije. Y con la excusa de quitarme la tinta, me pude meter en la ducha antes de que mi madre sospechara nada.

Tenía doce años. Aquella noche empecé a comerme sin  medida la pasta de dientes.

Me llevó varias tardes terminar de entender esos detalles que me habían querido ahorrar. Tal vez, en lugar de bebérmelos de golpe debí guardarlos en mi hucha hasta que llegara el momento de gastarlos. Pero no lo hice.

Después de preguntarme si la sangre contiene alcohol, y qué importaba cuánto había en la de mi padre, si total, estaba toda derramada sobre el asfalto, según se veía claramente en una de las fotografías; hallé la respuesta en una noticia del telediario. Hablaban de controles de alcoholemia. Eso me dio pie para preguntar con mirada inocente qué quería decir. Mi madre me lo confirmó intentado sonar natural y sin mirarme a los ojos.

Mi padre había muerto seguramente por su propia imprudencia y no había muerto solo. Con él, viajaban una mujer y un niño de cinco años, que habían corrido su misma suerte.

¿Quiénes eran esas personas?, me preguntaba en silencio. ¿No se suponía que mi padre estaba en un viaje de trabajo en el norte del país? ¿Por qué había muerto en una carretera cercana a nuestro pueblo y llevando en el coche a dos personas desconocidas para mí?

Seguí buscando respuestas en el infinito contenido del estante alto. Cuanto más hurgaba, más papeles encontraba. Algunos los descartaba porque no me parecía que fueran a darme ninguna pista. Otros, los leía de cabo a rabo sin entender prácticamente nada. Y otros… tal vez hubiera sido mejor no encontrarlos.

Estaban dentro de un sobre blanco y eran unos cuantos, Se trataba de noticias de periódico recortadas prolijamente.

Varios diarios se habían hecho eco del accidente de papá. Seguramente porque iba bebido y porque junto a él habían muerto más personas. Pero lo que no entendía era por qué titulaban la noticia como “Trágico fin para una familia” o “Conductor ebrio se mata junto a su propia familia”.

¿Cómo que su familia? Su familia éramos mamá y yo. Estos dos seres perdidos desde su muerte. Su familia éramos quienes lo habíamos llorado y lo seguíamos llorando en secreto casi un año después. Nosotros habíamos sido y seríamos siempre su familia. ¿Por qué esa gente que no sabía nada de mi padre aseguraba que había muerto junto con su familia? ¿Por qué, si nosotros seguíamos vivos, aunque no lo pareciera, aunque a veces pensara que mi madre preferiría estar muerta?

Cuando me decidí a hacerle todas estas preguntas, tuve que pasar por el mal trago de confesar a mamá mis pesquisas. Mal trago que para el que cogí fuerzas comiéndome con fruición un buen número de sus toallitas demaquilladoras

El mal trago lo pasé, mamá lloró por primera vez ante mí. No sé si por remover malos recuerdos o por la decepción de saber que había estado hurgando en sus cosas. Pero pasar el mal trago no me respondió ni una sola de mis preguntas. Mamá me aseguró que no sabía quiénes eran la mujer y el niño que lo acompañaban y que tampoco entendía por qué había bebido cuando era algo muy poco habitual en él. Eso después de negarlo inicialmente. De intentar hacerme creer que era un error de la prensa, y no sé cuántas tonterías más. Tuvo que admitir que todo aquello no se trataba de un gran error cuando le dije podía tener solo doce años, pero que no era tonto. Y que me merecía conocer la verdad.

– Pues la verdad es esa, cariño. Que tu padre murió junto con una mujer y un niño. Que ellos eran su familia. Y que no sé más.

– ¿Pero entonces nosotros qué éramos? ¿Qué somos? – dije desesperado sin poder contener el llanto.

Pensé en la cola de la cometa asomando desde el maletero aplastado y comprendí que esa cometa nunca había sido mía. Que era de su otro hijo, el de la otra familia, y que con él seguramente la había remontado millones de veces y que a él le había confesado en qué piensan los padres cuando creen que no les ves.

Mi madre me abrazó y balanceó mi cuerpo sobre su regazo como hacía cuando era pequeño y me hacía daño en una caída. Lloré y lloré hasta quedarme dormido.

Cuando desperté, acurrucado en la cama de mamá, junto a su cuerpo tibio, estaba amaneciendo. Me levanté sigiloso para no despertarla y me encerré en el cuarto de baño. Trozo a trozo me comí por completo el rollo de hilo dental.

 

 

La adolescencia fue un terreno farragoso lleno de cuestas imposible de escalar. Siempre estaba rodando por sus laderas. Cayendo, cayendo. Como si el valle al que debía llegar, no hubiera sido inventado aún.

Lo del tabaco ya pasó a ser cosa de todos los días. Mi madre no había tenido autoridad para prohibírmelo. Su autoridad resultó mojada el día en que con quince años le contesté que mi padre nunca me hubiera prohibido fumar porque él mismo lo hacía desde pequeño. Por más que luego intentó colgar su autoridad en la soga de la ropa junto con mis camisetas negras para que se secase, nunca consiguió recuperarla. Desde aquel día no solo fumé, si no que lo hice abiertamente en su presencia sin importarme lo que le molestara el humo o el olor.

– Tu padre al menos lo hacía en el balcón – intentaba disuadirme.

– Mi padre era tan bueno que te consentía demasiado tus estupideces – contestaba yo en un tono inadmisible.

A los quince ya no comía gomas Milán, ni Fabers, ni Bics, ni pasta de dientes, ni tohallitas, ni hilo dental. Desde que estaba en el instituto mis gustos habían ido cambiando hacia sustancias más sofisticadas que me procuraba con cierta facilidad y gracias a los asaltos indisimulables a la cartera y a los ahorros de mi madre.

Ella oscilaba entre  amenazarme con dejarme en la calle y rogarme entre llantos que no le hiciera aquello, que dejara de consumir esa basura. Así lo decía, “esa basura” y yo me reía de ella y esa manía que tenía de montar dramáticas escenas y lloriquear por todo.

Cuando los ahorros de mi madre se acabaron y el dinero que entraba en casa no daba para mantener mi tren de vida, dejé el instituto y decidí ponerme a trabajar. Ese era el eufemismo con que llamaba al hecho de haberme convertido en camello.

Hoy, después de más de veinte años, no soy capaz de recordar detalles de esa época oscura de mi vida.

Una cosa fue llevando a otra y como era de prever, terminé en la cárcel.

Aunque no sea lo más usual, en mi caso, ese período sin libertad, sirvió para sacarme de un círculo vicioso del que parecía imposible salir.

Fueron unos diez meses. Los suficientes como para replantearme muchos de los errores cometidos. Diez meses durante los cuales mi madre no me abandonó ni un momento.

No le importaba esperar horas para poder verme unos minutos. Había conseguido un trabajo extra con que pagar a mi abogado. Y me repetía una y otra vez que me sacaría de allí.

Lo consiguió al fin y como muestra de gratitud para con ella y porque le había visto las orejas al lobo, supongo, dejé de consumir.

No puedo decir que me haya convertido en un hombre de bien. No sé qué es un hombre de bien. ¿Mi padre lo era? Quisiera pensar que a pesar de su doble vida, sí lo era. No soy quién para juzgarlo.

Mi madre murió hace tres meses. Al desocupar su casa, guardé el contenido del armario alto en una caja enorme en mi trastero.

En ese momento no creí estar preparado para adentrarme otra vez en aquella maraña de papeles y salir indemne.

Sin embargo, hace una semana, cuando mi hijo Manuel me pidió ayuda con sus tareas y observé la goma Milán blanca claramente mordisqueada en su estuche, aquellos días borrados tras la muerte de mi padre, regresaron como un boomerang hasta mí.

Le pregunté a Manuel por qué se comía la goma, y él sencillamente lo negó. Dijo que se le había roto, que se la había prestado a un compañero y que se la había devuelto así, que…. Una ristra de excusas que yo no necesitaba porque conocía la verdad. Me pregunté qué lo había perturbado últimamente y pensé en mis discusiones diarias con su madre, en  la muerte de su abuela, en tantas cosas de su vida que no podía compartir con él porque no las conocía.

No sabía a ciencia cierta qué le podía provocar desasosiego, qué pasaba realmente en su interior.

Todos tenemos una doble vida, me dije. Somos quienes somos en parcelas. Hijos, padres, esposos, amigos. Vamos mostrando una cara de nuestro poliedro, pero nunca alguien puede conocernos por completo.

Desde aquella noche, a pesar de las protestas de su madre, invito a Manuel a salir conmigo al balcón mientras fumo mi pitillo de después de cenar. Creo que a él le gusta. Es un momento en la oscuridad en que ambos nos mostramos tal cual somos. Sin que me lo pregunte, le confieso siempre en qué estoy pensando.

Ayer le conté cómo me enteré de la muerte de mi padre. Y él, como muestra de comprensión, ante la oscuridad de mi mirada, sacó la goma Milán blanca mordisqueada que llevaba en el bolsillo y me la tendió sin pronunciar palabra.

 

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