Días borrados

El día en que mi padre murió, nadie vino a buscarme a la escuela. Me quedé sentado en la escalinata de la entrada cuando ya todos se habían marchado. Esperando. Podría haberme asustado, pero no lo hice. Solo me puse un poco nervioso. Saqué mi goma Milán blanca del estuche y la fui comiendo a pequeños mordiscos. Siempre lo hacía cuando algo me perturbaba. Y que mi madre se hubiera olvidado de mí, era bastante perturbador. Cuando me la acabé, evalué la posibilidad de seguir con la rosa, pero no sabía a nata como la blanca. Ni siquiera a fresa. Era más áspera y se te quedaba pegada a la garganta sin terminar de subir ni bajar. Ya lo había intentado en otras ocasiones.

Era de noche cuando mi abuelo llegó agitado, con cara preocupada y me abrazó sin decirme nada, justo cuando estaba a punto de terminarme el Faber HB más pequeño.

No me llevó a casa. Dijo que mamá me explicaría todo en cuanto pudiera y me dejó con mis primos y la chica que los cuidaba en casa de mi tía. Toni, mi primo mayor, que pasaba de la niñera, me dijo que lo acompañara a comprar tabaco y salimos a escondidas por la ventana de su cuarto.

– ¿De verdad fumas? – pregunté yo admirado.

– A veces – dijo encogiéndose de hombros como quitándole importancia.

En aquella época era normal venderle tabaco a un menor, por lo que no necesitó disimular su acné adolescente para hacerse con un paquete de Marlboro y una caja de cerillas.

Me llevó al parque y sentados en un banco me contó lo que había sucedido. No lloré. Solo deseé no haberme comido mi goma Milán blanca para poder volver a hacerlo y borrar todo aquello. Mi primo me puso un cigarrillo entre los labios y me dijo que aspirara.

El ataque de tos me duró media hora. Pero gracias a eso había tenido algo en qué pensar que no fuera el cuerpo rígido de papá sobre el asfalto de una ruta lejana. Toni me llevó de regreso a su casa y me regaló el paquete de Marlboro y las cerillas. Yo los escondí al fondo de mi mochila y me fui a dormir con los pequeños.

Los días siguientes los tengo borrados. Sé que me vistieron de negro. Sé que vi por última vez a mi padre, cuando ya no era mi padre. Tenía los ojos cerrados y la barba crecida. Sé que me comí una a una las cerillas masticándolas a escondidas entre rostros llorosos y palabras que no comprendía.

Sé que guardé esa imagen de papá que querría no haber visto, en la caja vacía de cerillas.

Sé que fue por aquel entonces cuando comencé a fumar. Por más que lo intentaba, no conseguía comerme los Marlboro.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Lorena Cosba:

lorena-cosba

5 thoughts on “Días borrados”

  1. Elisa dice:

    Qué final tan bueno para un cuento tan triste. Los de niños los bordas.

  2. Javier Puchades dice:

    Hola, Patricia,
    Siempre te leo, me encanta como escribes, pero hoy es la primera vez que te comento.
    Lo primero decirte que es un relato buenísimo, me ha encantado. Pero añadiré que me ha llegado muy adentro y me ha emocionado. Y es que al leerlo, sobre todo en esos primeros párrafos, me he visto reflejado tal cual, como si me conocieses, has contado la sensación y lo que me ocurrió a mi cuando hace ya 45 años perdí a mi padre, fue la misma sensación de tu protagonista, ese olvido, ese no ver a tu madre, ese dormir en otro sitio, ese que otra persona te cuente la verdad… son tantas cosas que me saltaron hasta las lágrimas cuando lo leí anoche. La única diferencia es que yo por circunstancias no vi a mi padre muerto, y en mi caja de cerillas guardo un gran recuerdo de él que es difícil de borrar.
    Solo te puedo dar las gracias, y que sigas escribiendo tan maravillosamente.
    Besos.

    1. pcollazo dice:

      Javier, soy yo la que tengo que agradecerte estas palabras. No te imaginas lo oportunas que son para mí. El saber que he emocionado a alguien y que gracias a eso has abierto tu caja de cerillas llena de buenos recuerdos, es para mi muy importante y especial. Gracias por compartirlo conmigo. Un abrazo

  3. Ángel Saiz Mora dice:

    Eres una escritora de raza, Patricia. Las buenas letras y tú sois algo inseparable. Un relato emotivo a más no poder. Un personaje que nunca olvidará por qué empezó a fumar.
    Un abrazo, Patricia

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