Día de muertos

Cuando estabas vivo, al menos, tenías la decencia de disimular. Si te preguntaba por la tal Merceditas que te mandaba postales con corazones por tu santo, o por aquella Anabela que de vez en cuando llamaba por teléfono preguntando por “su gordito”, siempre encontrabas un parentesco que te vinculaba a ellas. Que si eran primas, que si eran hermanas de leche…

– Aquí en México, somos así de cariñosos, osito – me decías – Pregúntale a mi madre, ya verás como las conoce a todas…

Y tu madre las conocía. Bien que las conocía. Y bien que se guardaba de decirme la verdad. Después de todo yo era “la extranjera” y según su criterio “no lo hubiera comprendido nunca”.

Pues no me quedó más remedio que comprenderlo durante tu primer día de muertos. Quiero decir en el primero como protagonista. Hasta entonces, esa celebración me había parecido a mí un poco absurda, tétrica y exagerada. Pero la consideraba parte de tus tradiciones y por eso la respetaba.

Tanto la respetaba, que en tu primer día de muertos, decidí rendirte el homenaje que te hubiera gustado tener. Te cociné un dulce de calabaza y te compré el mejor  tequila que conseguí.

Tu madre insistió en que el altar te lo hiciéramos en su casa. Y como señal de respeto, accedí.

Al llegar, ya me pareció raro que hubiera preparado comida para tanta gente.  Hasta donde yo sabía, tu familia era bastante pequeña.

El altar que había preparado era enorme. En la cima, una fotografía tuya que yo nunca había visto. Se te veía sonriente, joven, con una mirada llena de picardía.

Tu madre me ayudó a colocar mis ofrendas en un sitio privilegiado. Eso dijo, al menos. No entendí a qué se refería con “privilegiado” hasta que no empezaron a llegar las demás.

Las demás  portaban todo tipo de adornos, prendas que te habían pertenecido (reconocí varias camisetas que habías perdido en el gimnasio), tus platos favoritos, litros y litros de bebidas  y fotografías. Muchas fotografías.

Tu madre tuvo la deferencia de ir presentándome a una por una, por lo que sé que entre ellas estaban tus ficticias primas y hermanas de leche, así como un sinfín de mujeres de todo tipo. Altas, bajas, delgadas, rellenitas, bellas, simpáticas, tímidas y desenfadadas. Pero todas tenían algo en común: una delantera de esas que quitan la respiración a los hombres.

Yo las saludaba y casi mecánicamente comparaba mis pechos con los suyos. Siempre salía perdiendo. Cuando tu madre, durante las  presentaciones, pronunciaba mi nombre, todas inclinaban levemente la cabeza en señal de respeto, pero una sonrisita burlona se les escapaba por la comisura de los labios antes de girarse para ir a tomar asiento en sus sitios. Es que tu madre tenía todo tan organizado, que cada una tenía un lugar reservado. El mío, eso sí, qué considerada, estaba en la primera fila. Pero eso no me impedía escuchar los cuchicheos con los que las demás hablaban sin ninguna duda de mí.

“El difunto no mentía, la oficial es una tabla de planchar…” “Pobrecillo… ¿por qué la habrá escogido teniendo aquí tanto bueno en su propia tierra? …” Y risas y miradas evaluadoras, y más risas, y más mujeres tocando el timbre y más presentaciones.

Para capear la tormenta decidí que el tequila que te había comprado me vendría mejor a mí que a ti. Por lo que sin miramientos, cogí la botella del altar y comencé a beber directamente del pico y sin remilgos.

El bullicio, los dimes y diretes, las risitas incrédulas crecieron a mis espaldas.

– ¿Estás bien, querida? – dijo tu madre cuando al intentar presentarme a la enésima mujer, tuve un ataque de risa que me impidió darle el beso de rigor.

Eso fue hace un momento. Me ha hecho sentar y ya no trae más mujeres a conocerme, a pesar de que siguen entrando.

Parece ser que cuando sean las doce, vas a hacer tu entrada triunfal y efímera en el mundo de los vivos para que todas nos quedemos tranquilas y sepamos que estás bien. Eso ha dicho la chiquita que se ha sentado un poco más atrás. No debe tener ni veinte años. Se ve que no solo te gustaban las mujeres maduras, tal como me habías hecho creer.

No creo que llegue yo en pie hasta las doce, considerando que acabo de coger un recipiente de barro rebosante de pulque, antes de ir a sentarme junto a la asombrada mujer que lo trajo.

La invito a compartirlo y niega con la cabeza.

– No se enterará – le digo – Y además mira todo lo que tiene. Puede elegir – argumento con un gesto que más que señalar el altar, abarca el grupo de mujeres que esperan impacientes.

El bullicio se ha aplacado. Todas quieren saber qué está a punto de decir “la oficial” cuando me pongo en pie tambaleante.

Mi suegra, “la gran suegra” de todas, deja a medio encender las velas del altar y corre a sostenerme con su brazo y su autoridad. Muchas de las presentes tienen el rostro maquillado con formas de exquisitas calaveras, o tal vez lo esté imaginando a causa del tequila.

Pienso que si no estuvieras muerto ya, esta noche de calaveras y oscuridad, podría matarte yo misma.

Tú me miras con reproche desde lo alto de tu altar. “Piensa que te he escogido a pesar de que no tenias esos senos voluptuosos que tanto me gustan” parece que estés a punto de decir “Eres capaz de arruinarme mi primer día de muertos”… Y aunque te lo mereces, no lo hago. En cambio, me siento entre las mujeres que hablan de ti. Y escucho sus anécdotas, contrasto sus recuerdos, aporto los míos.

A las doce estamos cantando rancheras a voz en cuello, abrazadas y felices. No notamos si haces tu aparición estelar. Creo que todas coincidimos en que eso, a estas alturas, ya es lo de menos.

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