Desencuentro

No era la ciudad que esperábamos encontrar, pero allí estaba. Recibiéndonos silenciosa, introvertida, como dándonos la espalda. Su columna vertebral era una calle sombría y estrecha que el taxista cogió con el mismo silencio pertinaz con que nos recibió cuando se nos acercó en el aeropuerto. No había semáforos y el coche atravesaba las bocacalles sin aminorar la marcha. Me aferré con fuerza al bolso que llevaba sobre el regazo, como si presintiera que terminaríamos volando por el aire. No había cinturones de seguridad, ni trabas en las puertas, y la amortiguación había perdido la batalla con aquellas calles mucho tiempo atrás. Nos miramos en la penumbra iluminada de vez en cuando por el brillo tétrico de una bombilla lejana. No hizo falta pronunciar palabra para entendernos. Pare, por favor, dijiste con voz demasiado aguda. Lo repetiste en inglés, en francés y otra vez en español. Le sacudiste el hombro. Le mostraste el papel con el nombre del hotel, como habías hecho al subir, poniéndoselo casi ante los ojos y diciéndole que no, que ya no queríamos llegar hasta allí. Que se detuviera.

Continuó la marcha como si no nos escuchara, aunque ambos le gritábamos que por favor nos permitiese bajar.

Empezaste a buscar en el móvil un número al qué llamar, aunque en aquella ciudad desconocida no teníamos a quién pedir auxilio. A la luz de la pantalla, vi la cabeza del hombre y di un grito aterrado. Una maraña de gusanos se desplazaba por su nuca en un trayecto de ida y vuelta entre una oreja y otra. Pero lo peor era el corte justo por debajo. No era reciente. La sangre se había coagulado después de desparramarse por dentro de su camisa, un lago oscuro que se perdía por detrás del respaldo.

Teníamos que salir de allí. A la de tres saltamos, gritaste señalándome con un gesto mi puerta y acercándote a la tuya. Me arrojé con todas mis fuerzas contra mi lado. La puerta cedió bruscamente y rodé por un costado de la carretera, raspándome rostro y manos. El coche siguió su rumbo y yo hice un esfuerzo por incorporarme ignorando los dolores que me salían al encuentro desde todos los rincones de mi cuerpo. ¿Estás ahí?, grité a la oscuridad. El silencio fue la peor de las respuestas. Iluminé la carretera con mi móvil, caminé varios metros arriba y abajo, pero nada.  El contenido de mi bolso se había desparramado parcialmente a lo largo de la calzada. Cogí el libro que había estado leyendo en el avión, como aferrándome a algo conocido. De tu lado no había nada, era evidente que no habías podido salir. Comencé a caminar calle arriba intentando encontrarte. Y eso sigo haciendo.

Pasó mucho tiempo hasta que me enteré de que nuestro avión había tenido un accidente. Sin sobrevivientes. Vas conociendo gente y empiezas a comprender. Confío en que tú también estés deambulando por alguna calle  de esta ciudad en la que nunca amanece. En algún momento, te encontraré.

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