Desecho

Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor, Pablo apretó los ojos con fuerza.
–Ven aquí, chaval – pronunció el hombre con voz tranquila.
Pablo se acercó lo justo como para empezar a caminar a su lado. Las piernas le temblaron cuando su padre depositó una mano sobre su espalda, pero consiguió disimularlo. Como también disimuló la aprehensión que le causaban los dedos crueles sobre el hombro, la cercanía cómplice del hombre.
– ¿No has visto nada, verdad, chaval?
Pablo negó con la cabeza, con la voz, con el cuerpo entero. Y se sintió sucio, abominable, frío. Tan frío como el cuerpo de su madre abandonado en el contenedor.

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