Declaración de finales

Me gusta saborear en la boca el hielo que ha quedado en el vaso, los libros que no dejan dormir, las almohadas delgadas, el aspersor del jardín que por la mañana me moja los pies, la anticipación de un beso, cantar mientras conduzco, los viajes largos, los viajes cortos si me llevan a un abrazo, la cara de mi hijo pequeño cuando dice “te apuesto que…”, la pizza, las noches de verano, las chimeneas, escribirme y escribirte, dormir sin despertador, dar masajes. Me gusta escribir en papel, los crucigramas, los relojes de péndulo, meter los pies en el mar aunque haga mucho frío, los abrazos largos, las canciones de Sabina, los comienzos, releer historias, recibir cartas, el sabor del mar en la piel.

No me gusta el olor de las piscinas cubiertas, ni las mentiras, ni rendirme al primer escollo, ni al segundo, ni al último. No me gusta creer que no vale la pena, ni sentarme a llorar. Prefiero, si hace falta, llorar mientras remo, mientras camino, mientras pedaleo, porque eso hará que las lágrimas sequen más pronto y desaparezcan. No me gusta que me digan no podrás. O me gusta que eso lo convierta en un desafío. No me gusta la indiferencia ni el desinterés, el interés económico, la comodidad mal entendida. Detesto las uvas pasas, prefiero los racimos frescos y rebosantes. Odio los sobreentendidos y las despedidas cobardes.

Me gusta creer en los comienzos, en los despertares, en que aún queda todo por hacer. En que los puzles pueden desarmarse y volverse a armar. Adoro las brújulas y los caleidoscopios. Las gafas de mirar distinto. Mis dedos entrelazando palabras. Tus ojos destejiéndolas y leyéndome.

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