Danza húngara número cinco

Durante los bombardeos Don Pedro tocaba el acordeón. Tiempo después supe que la melodía alegre y cautivadora que ejecutaba era la Danza húngara número cinco de Brahms.

Don Pedro era vecino del barrio aunque nadie sabía muy bien dónde vivía. Aparecía cuando las sirenas alertaban del peligro y corríamos a los refugios.

Allí esperábamos en la penumbra a que todo acabase. Y él, con su acordeón, entre apretujones, amenizaba la espera. Los niños dejábamos de llorar escuchándolo.

Luego, la señal indicaba que el peligro había cesado y un frágil alivio circulaba entre la gente. Don Pedro y su acordeón se mezclaban entre quienes pugnaban por salir a las calles de Madrid.

Años después, cuando preguntaba a mis padres si habían vuelto a saber de Don Pedro, ambos aseguraban que no había ningún Don Pedro. Que durante nuestras reclusiones forzadas, nadie tocaba el acordeón. Que lo habría soñado o imaginado.

Hace tiempo que ellos no están. Ya nadie puede negar su existencia.

Hoy lo he visto deambulando cerca del Retiro cargando su acordeón. Estaba como entonces. Desde mis ochenta y seis años, levanté la mano en gesto de saludo. Podría jurar que esbozó una sonrisa antes de desaparecer.

 

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Felix
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Felix

Fantástico Patri. Felicidades y un abrazo

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