Convenio regulador

El incómodo cadáver del mediador familiar apareció  sobre el felpudo, con una nota arrugada en la mano izquierda. A ella no le hizo falta leerla. Ordenó que se deshicieran del cadáver y redobló la apuesta. Durante la siguiente semana, su felpudo albergó los cadáveres de un sacerdote, dos sicarios, un niño recadero, un psicólogo, un abogado mafioso y  un hipnotizador. Decidió ceder a sus exigencias.

Él le abrió la puerta personalmente y la abrazó ávido, sin dejarla hablar. Ella le clavó el estilete. Sin quitarse los guantes ni las gafas oscuras, recuperó su colección de novelas negras, su tequila traído de México, y los habanos comprados en Cuba. Satisfecha, condujo de regreso fumando sin parar.

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