Carta a otros reyes

–  Niña, a los reyes, pídele un novio – me aconseja la abuela – que ya va siendo hora, ¿no?

Yo tengo quince recién cumplidos y no soporto a casi ninguno de mis congéneres. A los chicos por burdos, zafios y vulgares. A las chicas por tiquismiquis, tontas y cabezas huecas.  Digo casi ninguno, porque hay alguien por quien bebo los vientos. Esa es una expresión de la abuela:

– Ya verás cuando encuentres a alguien por quien bebas los vientos – dice cuando yo niego con la cabeza, y aseguro que prefería el FIFA para la Play antes que un novio tonto.

Pero claro, eso de que bebo los vientos por alguien, a ella no puedo decírselo. A ella ni a nadie. Además de que los reyes no traen personas, ni hacen milagros. Y hace falta un verdadero milagro para que esa persona por la cual bebo los vientos y cuyo nombre hubiera incluido en mi carta, de haberla escrito, se fije en mí.

– Deje de meter esas cosas en la cabeza de la niña, suegra – protesta mi madre – Aún tiene mucho que estudiar y aprender para andar con esas boberías.

– ¿Y cómo crees que conseguirá casarse si no empieza desde pequeña?

Mi madre la mira furiosa, mira a mi padre y con solo un gesto le indica que es hora de irnos.

Mi padre saluda a la abuela con un beso, le recuerda que se tome la medicación y nos marchamos.

Después, durante todo el trayecto, mi madre se encarga de repetirme y repetirme que no haga caso a las tonterías que dice mi abuela. Que las mujeres no necesitamos un hombre para poder vivir. Que podemos realizarnos sin casarnos. Que esas son cosas de la prehistoria. Y de recordarle a mi padre que este es el último año que traen a la niña (o sea yo) a saludar las fiestas a su abuela. Que la mujer es una mala influencia y bla bla bla…

Yo la escucho solo durante unos cinco kilómetros, después desconecto y me dedico a escribir mentalmente la carta que hubiera querido enviar a los reyes magos. Esa que haría que mi madre pusiera los ojos como platos y que mi padre se atragantara con su propia saliva y tosiera hasta la eternidad:

Queridos reyes: quisiera que este año me trajerais un saco lleno de sinceridad y valentía. Sinceridad para contar a mis padres que odio los jerséis rosas y las zapatillas con brillos que me suelen regalar.  Que de mayor no quiero ser abogada, ni arquitecta, ni médica. Y que he descubierto que habita en mí el tipo de persona a la que desprecian cada vez que ven a dos mujeres besarse en la tele.

Y valentía para ser capaz de mirar a Clara a los ojos y decirle que bebo los vientos por ella, o como quiera que se diga este sentimiento sin nombre que me atraviesa de norte a sur.  

 A la mañana siguiente, sobre mis zapatos, una bufanda con pompones rosa, un perfume caro, una camiseta de brillos y una bolsita de tela blanca, vacía.

– ¿Y esto qué es? – pregunto a mi madre que me mira ansiosa desenvolver los regalos.

– Pues no lo sé – dice observándola extrañada – se me habrá caído ayer. Dame que la tiro.

La aprieto fuerte contra el pecho y lo comprendo todo.

– Mamá, papá, sentaos que tengo algo importante que contaros.

2 thoughts on “Carta a otros reyes”

  1. Anónimo dice:

    Breve, fácil de leer, bonito y con sentimiento. Enhorabuena

    1. pcollazo dice:

      Muchas gracias, no sé quién eres, pero es una sorpresa muy agradable encontrar tu comentario.

Tus comentarios ayudarán a muchas palabras a ponerse de pie

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