Amenazas

Mi madre es de esas madres que amenaza, amenaza y amenaza con hacer cosas que uno sabe que nunca hará en realidad.

Por ejemplo te dice: “La próxima vez que dejes el baño todo mojado, te lo voy a hacer secar con la lengua” o “Si se te ocurre volver a pronunciar esa palabrota te voy a hacer lavar la boca con lejía”. Claro que esto no se lo cree nadie. Aunque tengas ocho años como yo. Cualquiera se da cuenta de que si te lavas la boca con lejía te quedas blanco como un fantasma, y a ninguna madre le gusta tener un hijo pálido. Porque en la puerta del cole les dicen: “Tu hijo está muy paliducho ¿lo has hecho ver?” Esas cosas a mi madre la enfadan un montón. Aunque sonríe y contesta un escueto “tienes razón”, después hace todo el camino de regreso a casa murmurando “pero quien se habrá creído esa metida… no sabré yo si tengo que llevar a mi hijo al médico o no”.

Por eso, en general, las amenazas de mamá, por repetidas y poco creíbles, caen en saco roto. No surten el efecto buscado. Al final, para provocar el efecto, termina dándote un coscorrón en la nuca o mandándote a la cama sin cenar.

Otra de sus típicas amenazas es: recoge tu cuarto, porque cuando entre, todo lo que vea en el suelo, lo arrojo por la ventana. Es cierto que en este caso, algún antecedente fuera de la regla general de amenazas vanas, teníamos.  Una vez me tiró por la ventana todos mis cromos repe de la liga. Y en otra ocasión, mi hermana tuvo que bajar a toda prisa a por su plancha del pelo, que milagrosamente sobrevivió a la caída y funciona bien aunque ahora hace mucho más ruido.

Hoy mi madre nos ha dejado solos porque tenía que ir a ver a los abuelos (he de decir que los abuelos están muertos, pero ella insiste en que va a verlos cuando los visita en el cementerio). Dejarnos solos, es en realidad dejarme al cuidado de mi hermana mayor.  Cosa que ella, se encarga de recalcar en cuanto mi madre cruza el umbral de la puerta para salir.

Hoy, ni bien mi madre se ha ido, mandó un whatsapp y a los cinco minutos Richi, el tonto de su novio, se presentó en casa.

– Enano, tú te pones a jugar a la Play y nos dejas en paz. No te mueves de la sala si no quieres que cuando llegue mamá me invente que has estado diciendo palabrotas y mirando vídeos de los que te tiene prohibidos.

No me pareció mal acuerdo. Me dejaban tranquilo en la sala, con el sofá y la play para mí solo en la tele grande.

Pero, como dice mi madre, la curiosidad mata al gato. Así que dejé pasar algo de tiempo, y fui a espiar lo que estaban haciendo encerrados en el cuarto de mi hermana, por una rendija de la persiana que da al balcón. Mucho no se veía, en verdad. Se los escuchaba reír, y mi ángulo de visión sólo me permitía atisbar las bragas de mi hermana tiradas en el suelo.

En ese momento, la llave de mi madre girando en la puerta hizo que me volviera corriendo a la sala y cogiera el mando de la play.

– ¿Tu hermana? – preguntó oliendo el ambiente como un sabueso. Sospechaba algo.

– Estudiando – respondí – me ha dicho que no la molestemos que mañana tiene examen de mates y debe concentrarse.

Me vi en la obligación de cubrirla. Si mi madre entraba en el cuarto y veía las bragas tiradas en el suelo, las arrojaría por la ventana, y resultaría muy vergonzoso para mi hermana tener que ir a recogerlas a los jardines.

Por supuesto, que mi madre hizo caso omiso a mi advertencia, y fue directo al cuarto.

– ¿Por qué has trabado la puerta, Ana? ¡Ábreme de inmediato!

Se escucharon algunos movimientos rápidos al otro lado y mi hermana abrió con su mejor cara de inocencia

– ¡Qué pronto has regresado, mamá! –  dijo sin terminar de abrir la puerta y encajando dos sonoros besos en las mejillas de mi madre.

Mi madre empujó la puerta y entró al cuarto. Yo, detrás de ella. Todo parecía en orden. Las bragas de mi hermana ya no estaban en el suelo y del tonturrón de su novio, no había ni rastro.

Mi madre le dijo que era la última vez que se encerraba y volvió muy digna a la cocina.

Mi hermana y yo nos miramos y ella se llevó un dedo a los labios mirándome entre agradecida y amenazante.

Yo sabía que el tal Richi no podía haberse esfumado, por lo que tenía que estar debajo de la cama, no había otro sitio posible.

– Una vez, mamá me tiró todos los Lego porque, por no guardarlos, los metí debajo de la cama. Ten cuidado – le advertí mirando hacia adentro.

– Gracias, enano – dijo simplemente.

Estoy seguro de que aquella noche, cuando me fui a dormir, a juzgar por lo nerviosa que estaba mi hermana, su novio seguía bajo la cama.

No sé cómo terminó aquello, porque me quedé dormido. A veces creo que mi hermana encontró la forma de distraer a mamá y hacerlo salir. Pero otras, casi estoy convencido de que mi mamá lo descubrió y lo arrojó sin dudar por la ventana.

Porque lo cierto es que el chaval, desde aquel día, no ha vuelto a pisar nuestra casa.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de un dibujo de la página Petites Luxures.

2 thoughts on “Amenazas”

  1. purimenaya dice:

    Muy divertido Fabiana, es curioso,escribí otro en e que al chico también lo tiran por la ventana

    1. pcollazo dice:

      Gracias, Puri. Es curioso, sí… porque estas historias de los viernes creativos suelen coger los más disímiles derroteros.
      Un abrazo!

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